El millonario pisó el freno al ver a una niña con una mochila roja caminando al borde de la carretera. Lo que encontró dentro de esa mochila lo dejó completamente sin palabras.

Las piernas se le doblaron.

Ethan la atrapó justo antes de que cayera al suelo.

—¡Se lo van a llevar! —sollozó ella—. ¡Le prometí a mi mamá que lo protegería!

—Lo hiciste —susurró Ethan, abrazándola con fuerza—. Le salvaste la vida. Ahora deja que los médicos lo ayuden.

Por primera vez en años, Ethan sintió algo que su riqueza jamás le había dado:

Impotencia.

Pasaron horas en la sala de espera.

Finalmente apareció una pediatra con una sonrisa cansada, pero sincera.

—Tu hermano está estable —le dijo a Emily.

Lo habían rehidratado y lo habían puesto en la UCI neonatal.

Estaba vivo.

Luchando.

Pero pronto surgió otro problema.

Una trabajadora social explicó que, debido al abuso y al abandono, los niños no podían regresar a casa.

Probablemente serían enviados a hogares de acogida.

Posiblemente separados.

El rostro de Emily palideció de pánico.

En ese momento, Ethan se puso de pie.

—Yo me haré cargo de ellos —dijo.

La trabajadora social parpadeó, incrédula.

—Es usted un hombre soltero que conoció a estos niños apenas hoy.

—Lo sé —respondió Ethan con calma—.