“Mi madre gritó en el aeropuerto: ‘¡Arréstenla!’… pero el oficial abrió la carpeta y ella terminó temblando frente a todos”

Parte 2
Mariana corrió sin mirar atrás, con la maleta golpeándole la pierna y el corazón clavado en la garganta. Valeria abrió la puerta del coche desde adentro. —¡Súbete! La camioneta arrancó antes de que Mariana terminara de cerrar. En el espejo retrovisor vio a su madre descalza sobre la banqueta, con la bata abierta y el rostro deformado por una furia que ya no podía disfrazar de amor. A mediodía, Mariana tenía el pasaporte en la mano, su equipaje documentado y el pase de abordar impreso. Roma no era una idea escondida en una carpeta. Era una sala de espera, una pantalla, una puerta de embarque. Entonces escuchó la voz de Rogelio. —¡Ahí está! Se le congelaron las manos. Su padre venía empujando gente en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Beatriz caminaba detrás con lentes oscuros y un rosario en la muñeca. Paola avanzaba más lento, acariciándose el vientre como si su embarazo fuera una bandera de guerra. —¡Deténganla! —gritó Beatriz—. ¡Nos robó dinero del negocio y quiere escaparse del país! Varias personas voltearon. Mariana sintió el viejo ardor de la vergüenza, ese que su madre sabía encender en público. Paola levantó el celular. —Graben esto. Mi hermana nos dejó en la ruina mientras yo estoy embarazada. Un guardia de seguridad se acercó. —Señorita, acompáñeme por favor. Mariana vio su puerta de embarque. Faltaban pocos minutos. Por un instante, el miedo quiso hacerla obedecer como siempre. Entonces apareció el agente Diego Ramos, acompañado por 2 elementos federales. —Señorita Salgado. Beatriz cambió de voz al instante. —Oficial, gracias a Dios. Mi hija no está bien. Robó, falsificó documentos y está manipulada por mi hermana. Diego no miró a Mariana como sospechosa. Se colocó a su lado. —Señora Beatriz, le recomiendo medir sus palabras. Usted acaba de hacer una acusación grave dentro de una terminal federal. Rogelio señaló la maleta. —Revísenla. Ahí trae nuestro dinero. Diego abrió una carpeta. —Lo que tenemos bajo revisión es una denuncia falsa sobre un pasaporte, posibles firmas falsificadas, créditos solicitados sin consentimiento y transferencias irregulares desde Banquetes Salgado. Paola bajó el celular. Beatriz palideció apenas. Valeria apareció detrás de Mariana con el folder grueso contra el pecho. —Faltaban estos documentos. Mensajes de anoche, intentos de entrar a su cuenta y copias de contratos alterados. Beatriz la miró con odio. —Siempre fuiste una víbora. —No, Beatriz —respondió Valeria—. Yo fui la primera que escapó. Mariana es la segunda. Rogelio intentó avanzar hacia Mariana, pero un agente lo detuvo. —Es mi hija. —Eso no la convierte en su propiedad —dijo Diego. Esa frase golpeó a Mariana más fuerte que cualquier grito. Beatriz intentó llorar, pero las lágrimas no le salieron a tiempo. Paola murmuró que le dolía el vientre. Nadie se movió para protegerlas de las consecuencias. Cuando los agentes pidieron a Rogelio y Beatriz que los acompañaran a declarar, el rostro de su madre se quebró, no de tristeza, sino de control perdido. —Tú hiciste esto. Mariana respiró hondo. —No. Yo solo dejé pruebas. Paola la miró con desprecio. —Arruinaste a la familia. —La familia ya estaba arruinada. Solo dejé de sostenerla. En ese momento, anunciaron el último llamado de su vuelo. Valeria le apretó la mano. —Vete. Mariana caminó hacia la puerta con las piernas temblando. Cada paso dolía como si arrancara raíces podridas. La agente escaneó su pase. Sonó un pitido. Luz verde. Del otro lado del vidrio, Beatriz gritó algo que ya no alcanzó a oír. Mariana entró al túnel del avión sabiendo que, si se detenía, tal vez nunca volvería a moverse.