No comía.
No hablaba.
Solo miraba fijamente una pequeña foto que había sacado de un cajón.
Era una fotografía vieja, amarillenta por el tiempo.
En ella aparecía María cuando tenía apenas siete años, con dos trenzas largas y una sonrisa llena de dientes faltantes. Él la tenía cargada en brazos.
Aquella foto le recordó algo que llevaba años enterrado en su corazón.
Un juramento.
El juramento que había hecho el día que su esposa murió dando a luz a María.
“Voy a cuidar de nuestra hija por los dos.”
Y durante treinta años había tratado de cumplirlo.
Pero ahora alguien la había roto por dentro.
Don Ernesto apretó los puños.
—Carlos… —murmuró en voz baja.
No dijo nada más.
Pero en su mirada había algo que no era solo tristeza.
Era decisión.
Dos días después, al amanecer, María sintió el primer dolor.
Al principio pensó que era solo cansancio.
Pero cuando el segundo dolor llegó, más fuerte, supo que el momento había llegado.
—Papá… —susurró con voz débil—. Creo que… ya viene.
Don Ernesto estaba alimentando a las gallinas cuando escuchó la voz.
Entró corriendo a la casa.
Al ver a su hija agarrándose el vientre con el rostro contraído por el dolor, sintió que el mundo se detenía.
—Tranquila, hija… tranquila.
No tenían coche.
Pero el vecino, Don Julián, tenía una vieja camioneta.
En menos de cinco minutos, Don Ernesto ya estaba golpeando su puerta.
—¡Julián! ¡Por favor! ¡Mi hija va a dar a luz!
Quince minutos después, la camioneta avanzaba por el camino de tierra rumbo al pequeño hospital del municipio.
Las dos niñas iban en el asiento trasero, asustadas.
—¿Mamá está bien? —preguntó la mayor.
Don Ernesto giró la cabeza y forzó una sonrisa.
—Claro que sí, mi cielo. Tu hermanito… o hermanita… quiere salir rápido a conocerlas.
María escuchó esas palabras y cerró los ojos.
Por primera vez en semanas, sintió un pequeño consuelo.
Las horas en el hospital parecieron eternas.
El médico finalmente salió al pasillo donde Don Ernesto caminaba de un lado a otro.
—¿Usted es el padre de María?
Don Ernesto asintió.
—Sí… doctor… ¿cómo está mi hija?
El médico sonrió.
—Su hija está bien.
Don Ernesto contuvo la respiración.
—¿Y… el bebé?
El médico abrió un poco más la sonrisa.
—También está bien.
Hizo una pequeña pausa.
—Es un niño.
Por un momento, Don Ernesto no reaccionó.
Luego sus ojos se llenaron de lágrimas.
No por el hecho de que fuera niño.
Sino porque su hija estaba viva.
—Gracias, doctor… —susurró con la voz quebrada.
Horas después, Don Ernesto entró a la habitación.
María estaba cansada, pálida… pero sostenía a su bebé en brazos.
El pequeño dormía tranquilamente.
—Papá… —dijo con una sonrisa débil—. Es niño.
Don Ernesto se acercó lentamente.
Miró al bebé.
Luego miró a su hija.
—Es hermoso —dijo con suavidad.
María acarició la cabeza del bebé.
—Carlos quería tanto un niño…
Las palabras salieron casi como un suspiro.
Don Ernesto no respondió.
Pero en su mirada volvió a aparecer aquella decisión silenciosa.
Tres días después, todo el pueblo comenzó a hablar de algo extraño.
En la plaza principal se habían colocado mesas.
Sillas.
Una gran carpa.
Parecía una fiesta.
La gente murmuraba confundida.
—¿Qué pasa hoy?
—Dicen que Don Ernesto está organizando algo.
—¿Una fiesta?
—Pero… ¿por qué?
A las cinco de la tarde, Don Ernesto apareció en la plaza con María, las dos niñas… y el bebé en brazos.
El murmullo creció.
Y entonces, para sorpresa de todos… también llegó Carlos.
Había recibido una llamada misteriosa esa mañana.
“Ven al pueblo. Tengo algo que mostrarte.”
No sabía quién había llamado.
Pero cuando vio la plaza llena de gente… se detuvo.
Don Ernesto caminó hasta el centro.
Tomó un micrófono.
Su voz era firme.
—Vecinos… amigos… gracias por venir.
La gente guardó silencio.
—Hoy quiero presentarles a mi nieto.
María levantó al bebé.
Un aplauso suave se extendió entre la gente.
Pero entonces Don Ernesto continuó.
—Este niño nació hace tres días… después de que su madre fuera echada de su casa por su propio marido.
El silencio cayó como una piedra.
Carlos sintió que todas las miradas se clavaban en él.
Don Ernesto giró lentamente la cabeza y lo miró directamente.
—Carlos… tú querías un hijo varón, ¿verdad?