Carlos tragó saliva.
—Yo…
Don Ernesto levantó la mano.
—No te preocupes. Hoy voy a cumplir tu deseo.
La gente se miró confundida.
Don Ernesto se acercó a María.
Tomó al bebé en brazos.
Luego caminó hasta donde estaba Carlos.
El corazón de Carlos latía con fuerza.
Don Ernesto extendió al bebé hacia él.
—Aquí está tu hijo.
Carlos lo miró, sorprendido.
Pero cuando estiró las manos para tomarlo…
Don Ernesto retiró lentamente al bebé.
—No.
El silencio fue absoluto.
La voz de Don Ernesto resonó en toda la plaza.
—Un hijo no es un trofeo.
No es un objeto para presumir.
Ni una herramienta para alimentar tu orgullo.
Hizo una pausa.
—Un hijo es responsabilidad.
Es amor.
Es respeto hacia la madre que lo trae al mundo.
Sus ojos se endurecieron.
—Y tú no mereces eso.
Carlos bajó la mirada.
—Este niño crecerá en esta familia —continuó Don Ernesto—. Con sus hermanas. Con su madre.
Lo levantó suavemente.
—Y aprenderá algo que tú nunca entendiste.
Amar a las mujeres de su vida.
La plaza estalló en aplausos.
María lloraba.
Pero esta vez no eran lágrimas de dolor.
Eran lágrimas de alivio.
Don Ernesto volvió junto a su hija.
Le devolvió al bebé.
—Hija… este niño no necesita un padre que lo humille.
Le acarició el cabello.
—Tiene un abuelo.
María abrazó a su padre con fuerza.
Las dos niñas se aferraron a sus piernas.
Y en medio de la plaza, bajo el cielo del pequeño pueblo…
Don Ernesto sonrió por primera vez en muchos días.
Porque sabía algo con certeza.
Su hija ya no estaba sola.
Y nadie volvería a romperle el corazón jamás.