En el funeral de mi esposo, mi hijo me apretó la mano. Y susurró: —Ya no eres parte de esta familia—.
Sentí el mundo romperse cuando me arrebató las llaves y el testamento. Sonreía como si yo no valiera nada.
Yo solo asentí… y antes de irme, deslicé algo en el bolsillo de su abrigo. Nadie lo vio. Nadie sospechó. Pero cuando lo descubra… será demasiado tarde.
….
El día del funeral de mi esposo, Eduardo, el aire olía a cempasúchil y tierra mojada.
Yo llevaba un vestido negro. Un rebozo que no alcanzaba a secarme las lágrimas.
A mi lado estaba Diego, mi hijo. Con el mentón duro y la mirada fija en el ataúd como si fuera una cuenta pendiente.
Desde que Eduardo murió de un infarto fulminante, Diego se volvió frío.
Yo oía murmullos: dinero, la casa de la Colonia Roma, la empresa familiar… incluso el nombre de Valeria. Pero me negaba a creerlo.
Cuando el sacerdote terminó, la gente se acercó a darme el pésame.
Fue entonces cuando Diego me agarró la mano. Demasiado fuerte para ser consuelo. Y se inclinó a mi oído:
“Ya no eres parte de esta familia, mamá”.
Se me encogió el estómago. Quise responder, pero la voz no me salió.
Sin soltarme, Diego hizo un gesto al abogado de Eduardo, el señor Ramírez, que esperaba a unos metros.
Ramírez abrió un portafolios. Sacó un sobre sellado.