Doce días después, mientras yo apenas podía dormir y sanar, sonó el timbre de mi casa.
En la cámara vi a Rebeca con perlas, lentes oscuros y cara de abuela arrepentida. Detrás estaba Tomás, cargando un oso de peluche con la etiqueta todavía colgando.
Abrí la puerta sin sonreír.
—Venimos a conocer a mi nieto —dijo ella, como si nada hubiera pasado.
La miré directo a los ojos.
—¿Cuál nieto?
Y entonces vi cómo la sangre se le fue de la cara.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Rebeca parpadeó varias veces, como si hubiera escuchado mal.
—¿Cómo que cuál nieto, Valeria? No empieces con tus tonterías. Venimos a ver al hijo de Andrés.
Tomás dio un paso hacia mí, arrogante como siempre.
—También necesitamos hablar de las cuentas de la empresa. Hay trámites que firmar. Mi hermano murió y tú no sabes manejar nada de eso.
Lo miré con una calma que ni yo reconocía.
—Claro que hay trámites que firmar.
Abrí más la puerta.
En el comedor estaba sentado el licenciado Arturo Mendoza, abogado personal de Andrés. Un hombre serio, de traje gris, que llevaba décadas cuidando los documentos más importantes de la familia Salvatierra. Sobre la mesa había carpetas, sellos notariales y una caja metálica.
Pero eso no fue lo que hizo temblar a Tomás.
A un lado del abogado estaba una mujer joven, morena, elegante pero nerviosa. Se llamaba Marisol. Junto a ella, un niño de cinco años comía una concha y movía los pies debajo de la silla.
El niño levantó la cara.
Tenía los mismos ojos de Tomás.
Rebeca soltó un grito ahogado.
—No… tú no deberías estar aquí.
Marisol se puso de pie.
—Usted me dijo eso hace cinco años, doña Rebeca. Cuando me corrió de la empresa por estar embarazada de su hijo.
Tomás retrocedió.
—Mamá…