El corazón de Mariana se detuvo. Mateo confesó que la noche anterior, 4 patrullas habían llegado a la casa de Las Lomas. Las autoridades habían cateado el despacho de Alejandro por las denuncias de fraude. Su padre, fuera de sí, había destrozado 2 lámparas, pateado las paredes y acorralado a Mateo, gritándole que su madre y su abuela eran unas muertas de hambre que querían arruinarlo, obligando al niño a elegir un bando.
Sin dudarlo, Mariana y doña Carmen llevaron a Mateo directamente al juzgado familiar. Alejandro llegó 20 minutos tarde a la audiencia. Su corbata estaba chueca, sudaba frío y mantenía esa arrogancia desesperada de quien sabe que su imperio se desmorona pero aún intenta intimidar. Su abogado recitó el guion: doña Carmen no sabía lo que hacía.
Fue entonces cuando la jueza le dio la palabra a la anciana. Doña Carmen se levantó de su silla sin usar su bastón. Caminó hasta el centro de la sala y habló. No titubeó ni 1 sola vez. Citó fechas, números de actas constitutivas, porcentajes exactos de las partes sociales y describió con precisión quirúrgica el modus operandi con el que su hijo desviaba recursos.
—Mi hijo me echó de su casa —declaró doña Carmen, mirando fijamente a Alejandro, quien parecía encogerse en su asiento—. Y no fue porque mis pasos lentos le estorbaran, su señoría. Fue porque yo soy la única que sabe cuánto dinero ha robado y quién es él realmente cuando nadie lo está mirando.
El impacto en la sala fue absoluto. La solicitud de incapacidad fue desechada de inmediato. Tras escuchar el testimonio de doña Carmen y la evaluación psicológica de urgencia que se le practicó a Mateo esa misma tarde, la jueza dictó 1 orden fulminante: la custodia provisional de Mateo pasaba a Mariana. Alejandro no podría acercarse al niño sin supervisión y se le impuso 1 orden de restricción para no acercarse a su madre.
Los siguientes 6 meses fueron de reconstrucción. Como dueña absoluta, doña Carmen destituyó a Alejandro de cualquier cargo, nombró a 1 director externo, renegoció contratos y logró salvar 43 empleos de familias que dependían de la empresa.
Doña Carmen no hizo millonaria a Mariana, porque ambas sabían que el dinero fácil corrompe. En cambio, le pagó 1 sueldo justo como coordinadora legal durante el proceso, cubrió al cien por ciento las terapias psicológicas de Mateo y, 1 año después, compró 1 departamento muy bonito pero sin lujos excesivos en la zona de Tlalpan. Las escrituras quedaron a nombre de ambas, asegurando que ni Mariana ni Mateo volvieran a quedarse en la calle.
Para Alejandro, el desenlace fue devastador. Acorralado por las pruebas de la contadora forense, aceptó 1 procedimiento abreviado por administración fraudulenta. Tuvo que devolver millones de pesos, quedó inhabilitado para dirigir sociedades mercantiles por 10 años y terminó viviendo en 1 departamento rentado, lidiando con embargos y visitas supervisadas con su hijo, quien poco a poco volvía a sonreír.
La tarde en que firmaron las escrituras de su nuevo hogar, doña Carmen se sentó en el balcón y llamó a Mariana. De su bolso sacó 1 sobre amarillento y se lo entregó. Adentro estaba el comprobante original de la transferencia bancaria por los 90,000 pesos que Alejandro le había pagado el día del divorcio.
—Guarda esto muy bien, Mariana —le dijo la anciana con 1 sonrisa cargada de ironía.
—¿Para qué, doña Carmen?
—Para que ninguna de las 2 olvide nunca que este fue el dinero mejor invertido en toda la vida de mi hijo. Pagó su propia ruina.
Desde la sala, Mateo gritó preguntando si podía pintar 1 de las paredes de su cuarto de color verde. Mariana sonrió, sintiendo por fin que respiraba aire limpio. En su divorcio, ella no se había quedado con las cuentas bancarias ni con las mansiones de Alejandro. Se había quedado con su dignidad, con la paz mental de su hijo, y con la única mujer que sabía exactamente cómo arrebatarle a ese hombre todo lo que jamás le perteneció.