PARTE 1
“Si tu mamá ya empezó a empacar, más te vale decirme por qué piensa mudarse a MI departamento.”
Eso fue lo primero que salió de mi boca, enfrente de todos, con la copa temblándome en la mano y la garganta cerrada del coraje. Hasta ese segundo, la comida en casa de mis papás iba perfecta: mantel de lino, vajilla fina, vino espumoso, música bajita y sonrisas de compromiso. Se suponía que estábamos celebrando que por fin nos entregarían el penthouse que mis padres nos habían regalado por la boda, en una de las zonas más exclusivas de Guadalajara.
Pero todo se pudrió en un instante.
Mi esposo, Emiliano, estaba inclinado hacia su madre, Teresa, hablándole al oído con esa confianza de quien cree que ya ganó. No sé por qué volteé justo en ese momento, pero lo escuché clarito:
“Amá, ya casi vas a poder meter tus cosas en tu nuevo depa.”
Sentí el cuerpo helado.
No era cualquier departamento. No era una renta cualquiera. Era el lugar donde se suponía que íbamos a empezar nuestra vida juntos. El regalo más grande que mis papás nos habían dado. El espacio donde yo ya había imaginado desde la mesa del comedor hasta la cuna del primer hijo que todavía ni existía.
Me quedé viendo a Emiliano, esperando que se riera, que dijera que estaba bromeando. No lo hizo. Ni siquiera me miró.
“¿Qué significa eso de sus cosas?”, pregunté, más fuerte de lo que quería.
Teresa fue la primera en contestar. Se acomodó el collar, sonrió con esa sonrisa afilada que siempre usaba cuando quería dejarme en mi lugar y dijo:
“Pues que voy a vivir con ustedes un tiempo, hija. Alguien tiene que poner orden en esa casa. Además, así no gastan en muchachas ni en gente extraña.”
La forma en que dijo “esa casa” me revolvió el estómago. No hablaba como invitada. Hablaba como dueña.
“Perdón, pero nadie me consultó eso”, solté.
Emiliano por fin volteó hacia mí, fastidiado, como si yo fuera la que estaba arruinando la reunión.
“No hagas un drama, Valeria. El penthouse es enorme. Cabemos perfectamente los tres.”
Los tres.
Ni “mi mamá se va a quedar unas semanas”. Ni “lo platicamos luego”. No. Ya estaba decidido. Yo era la única que no sabía nada.
Mi madre, Rebeca, bajó lentamente los cubiertos. Mi padre, Arturo Salazar, llevaba varios minutos callado, observando todo con una calma que en él siempre anunciaba problemas. Yo intentaba recordar cuántas veces Teresa había insistido en ver los planos del departamento. Cuántas veces me había preguntado dónde iba a quedar la recámara principal. Cuántas veces Emiliano salió a contestar llamadas y regresó diciendo que eran “cosas del trabajo”.
De pronto, todo empezó a hacer sentido.
Teresa cruzó las piernas con aire triunfal.
“Además, a ti te conviene, mi reina. Eres muy distraída. Yo puedo ayudarte a llevar la casa como se debe.”
No sé qué me humilló más: que me lo dijera enfrente de mis padres o que Emiliano se quedara callado, dejándola pisotearme como si fuera lo más normal del mundo.
Antes de que yo respondiera, mi padre se puso de pie.
El sonido de su silla sobre el piso fue suficiente para apagar la música, las sonrisas y hasta la respiración del comedor. Se acomodó el saco, miró a Emiliano directamente y habló con una voz tan fría que hasta Teresa dejó de sonreír.
“Nadie se va a mudar a ninguna parte hasta que aquí se sepa toda la verdad.”
Emiliano frunció el ceño.
“¿De qué verdad habla, suegro?”
Mi padre no apartó la mirada.
“De la verdad sobre ese penthouse… y sobre lo que intentaste hacer esta mañana a espaldas de mi hija.”
Entonces Teresa soltó una risita nerviosa.
“Bueno, pues ya dígalo de una vez, licenciado. Nada más acláreme dónde voy a poner mi ropero antiguo porque no pienso dejarlo en una bodega.”
Mi padre la miró con un desprecio que jamás le había visto mostrar tan abiertamente.
“Usted no va a poner un solo pie en esa propiedad.”
Y en ese instante, la copa de Teresa se estrelló contra el piso.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrirse…