Mi madre gritó:
—¡Mentiroso!
Pero mi padre sacó una pulsera de hospital vieja.
Tenía mi nombre completo: Andrés Rafael Morales.
—Yo quería separarme de Carmen y pedir tu custodia. Ella me amenazó. Dijo que si intentaba llevarte conmigo, me acusaría de cosas terribles. Sus hermanos también me amenazaron. Yo no tenía dinero, ni abogados, ni familia que me defendiera.
Miré a mi madre.
Ella ya no lloraba.
Solo apretaba la boca.
—También me encerró aquí una noche —continuó mi padre—. Igual que tú encerraste a Mariana.
Esa frase me golpeó en la cara sin tocarme.
Mariana intentó levantarse, pero se dobló de dolor.
Corrí hacia ella.
Mi padre me detuvo.
—Con cuidado.
Con cuidado.
Ni siquiera sabía acercarme a mi esposa sin que alguien me recordara no hacerle daño.
—Tenemos que llevarla al hospital —dijo él.
Mi mamá bloqueó la salida.
—Primero vamos a hablar como familia.
La miré como si la viera por primera vez.
Vi todas sus lágrimas exactas. Todas sus enfermedades repentinas. Todas las veces que Mariana se quedó callada para no “provocarla”. Todas las veces que yo confundí respeto con sumisión.
—Mi familia está sangrando —le dije—. Quítate.
Mi mamá levantó la barbilla.
—Si sales con ella, no vuelvas.
Cargué a Mariana.
—Entonces no vuelvo.
Cuando pasamos por la sala, mi padre tomó la taza de té que mi mamá me había dado a medianoche. La olió y la miró.
—Otra vez, Carmen.
Ella palideció.
—Solo era un calmante. Estaba alterado.
Sentí náusea.
No por el té.
Por mí.
Porque entendí que mi madre ni siquiera necesitaba drogarme para controlarme. Le bastaba llorar.
Y mientras Mariana apretaba mi camisa por el dolor, supe que lo peor todavía no había salido a la luz…
PARTE 3
En urgencias se llevaron a Mariana.
Yo me quedé con las manos vacías y una mancha pequeña de sangre en los dedos. Era poca, pero suficiente para acusarme más que cualquier palabra.
Mi padre se sentó a mi lado en silencio.