Después de un rato dijo:
—No eres culpable de lo que Carmen me hizo a mí.
Tragué saliva.
—Pero sí de lo que yo le hice a Mariana.
—Sí.
Agradecí que no me consolara.
Necesitaba verdad.
Media hora después salió una doctora.
—Está estable. Hay amenaza de aborto, pero el embarazo continúa. Necesita reposo, tranquilidad y cero estrés.
Cero estrés.
Como si nuestra casa no hubiera sido una fábrica de miedo.
—¿Puedo verla? —pregunté.
La doctora me miró seria.
—Pidió ver primero al señor Rafael.
Mi padre entró.
Yo no reclamé. Me quedé sentado, aprendiendo lo que era no ser elegido.
Cuando por fin Mariana aceptó verme, estaba en una cama, conectada al suero, con los ojos cansados y el cabello pegado al rostro.
—Perdóname —dije.
Ella miró hacia la ventana.
—No sé si puedo.
Asentí.
—Lo entiendo.
—No fue solo anoche, Andrés. Anoche fue la puerta. Pero llevabas años dejándome afuera cada vez que elegías a tu mamá.
Me senté lejos, sin atreverme a tocarla.
—Voy a denunciarlo.
Ella volteó.
—¿A tu madre?
—A ella y a mí. Yo te encerré.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Lo dices porque tienes miedo de perderme?
—Sí. Pero también porque ya me perdí yo.
Esa misma tarde fui al Ministerio Público.
Mi mamá llegó antes de que terminara de declarar. Entró con su rebozo negro, su cara de mártir y sus lágrimas listas.
—Diles que fue un malentendido —me ordenó en voz baja.
—No.
Me miró como si yo acabara de traicionarla.
—Soy tu madre.
—Mariana es mi esposa.
—Las esposas van y vienen.
—Por eso te quedaste sola.
Me dio una cachetada delante de todos.
Yo no levanté la mano.
Solo dije:
—También eso va en la declaración.
Doña Carmen empezó a llorar.
Pero nadie corrió a consolarla.
Ese fue su primer castigo: descubrir que sus lágrimas ya no mandaban.
Las semanas siguientes se vino abajo todo. Mi padre recuperó documentos de la casa y demostró que parte de la propiedad seguía a su nombre. Los vecinos dejaron de decir “pobrecita doña Carmen” y empezaron a cerrar la puerta cuando ella pasaba.
Yo no volví a esa casa.
Renté un cuarto pequeño cerca de Analco. Fui a terapia. Entré a un grupo para hombres violentos. Firmé un acuerdo para no acercarme a Mariana sin su permiso.
Mi madre me llamaba todos los días.
Primero llorando.
Luego insultando.
Después rogando.
“Yo te hice hombre”, decía en los mensajes.
Yo los borraba pensando:
“No. Me hiciste obediente.”
Mariana se fue con una tía a Cholula. Durante meses solo recibí mensajes cortos:
“El bebé está bien.”
“Tengo cita el jueves.”
“No vayas.”