“Esta casa es mía, hijo, y acabas de violar la cláusula de moralidad”. — El misterioso padre de la esposa apareció para recordarle al arrogante director ejecutivo que su estilo de vida dependía de la mujer a la que acababa de traicionar.

El día del juicio final llegó un martes lluvioso. Max desayunaba con Camilla en la terraza, burlándose de los titulares de prensa que él mismo había manipulado. «Pronto volverá arrastrándose para pedir un acuerdo», dijo Max entre risas.

De repente, las puertas de entrada se abrieron de golpe. No era Isabella quien suplicaba clemencia. Era Arthur Rossini, flanqueado por cuatro abogados corporativos y el sheriff del condado.

—¿Quién te crees que eres para irrumpir así? —gritó Max, poniéndose de pie.

Arthur, un hombre de 83 años con una mirada penetrante, arrojó un sobre sobre la mesa, derramando el jugo de naranja de Camilla. «Yo soy el dueño de esta casa, muchacho. Y tú eres un inquilino moroso que acaba de infringir la cláusula de moralidad de tu contrato».

Max palideció. —Eso es imposible. Esta es mi casa. Isabella dijo… —Isabella tuvo la amabilidad de dejarte vivir aquí y fingir que eras rico para alimentar tu ego —interrumpió Arthur—. Pero el espectáculo se acabó. Tienes una orden de desalojo inmediata. Y mis abogados acaban de enviar tus libros de contabilidad al FBI.

Camilla, al oír las palabras «FBI» y «delincuente», soltó el brazo de Max como si le ardiera. «¿Esto no es tuyo?», preguntó horrorizada. «¿Y el dinero?». «Es todo deuda, cariño», dijo Isabella, apareciendo detrás de su padre, impecablemente vestida. «Hasta el collar que llevas es robado. Quítatelo. Ahora mismo».

La escena era caótica. Camilla se arrancó el collar, lo tiró sobre la mesa y salió corriendo, gritando que ella también era una víctima. Max intentó negociar, balbuceando excusas, pero el sheriff comenzó a sacar sus muebles al césped bajo la lluvia.

El estrés del enfrentamiento le pasó factura. Isabella sintió un fuerte dolor abdominal y tuvo que ser trasladada de urgencia al hospital. Los médicos advirtieron que el estrés extremo ponía en riesgo el embarazo. Mientras Isabella luchaba por la salud de su bebé en la cama del hospital, Max intentaba desesperadamente controlar la narrativa mediática, presentándose como víctima de una conspiración familiar. Pero él ignoraba que Rosa, la ama de llaves, había estado grabando sus conversaciones privadas durante meses, incluyendo el momento exacto en que planeó la humillación de Isabella para impulsar su imagen pública antes de una fallida salida a bolsa.

 

 

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