Parte 1: Humillación pública
La mañana del 14 de noviembre debería haber sido la más feliz de la vida de Isabella Rossini. Tras tres años de tratamientos de fertilidad fallidos y noches de llanto silencioso, la prueba que tenía en la mano mostraba dos líneas rosas bien marcadas. Estaba embarazada de ocho semanas. Con el corazón latiéndole con fuerza, preparó una pequeña caja de regalo con un par de patucos blancos para bebé para entregárselos a su marido esa misma noche durante la gran gala anual de su empresa.
Maximilian “Max” Sterling era la viva imagen del éxito. Director ejecutivo de Sterling Tech, apuesto y carismático, se movía por su mansión de 15.000 pies cuadrados como un rey en su castillo. Isabella, una asistente legal que había dejado de lado su carrera para apoyar a Max, lo amaba ciegamente, ignorando su reciente frialdad.
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