Celia respiró hondo.
—Ella lo sabía.
Esa respuesta me dejó sin aliento.
—No.
—Sí. Se llama Rosaura. Le confié tu vida una madrugada. Era la única persona decente cerca de mí en ese momento. Te crió para salvarte.
No pude soportarlo más.
Agarré mi chaqueta, dejé las llaves, el sobre, lo dejé todo. Salí de esa habitación como si las paredes me empujaran hacia atrás. Caminé durante horas hasta que terminé sentado en una gasolinera de carretera, todavía con mi traje, viendo pasar los camiones y preguntándome cuántas veces puede un hombre robar en una sola noche.
Llegué a casa al amanecer.
Mi madre estaba en el patio, dándoles maíz a las gallinas. Cuando me vio entrar con la corbata suelta, el rostro despeinado y los ojos furiosos, dejó caer la lata.
—Efraín…
—Dime la verdad —solté de golpe
Mi padre salió de la cocina y cuando Nos vio y lo entendió todo sin necesidad de palabras.
Mi madre palideció. Se llevó una mano al pecho. Y con una voz que no reconocí, dijo:
—Si Celia ya ha hablado… prepárate, porque aún no sabes lo peor.
PARTE 3
Mi madre se sentó porque ya no podía mantenerse en pie.
Llorando, me contó que veinte años antes, en medio de una tormenta, una mujer elegante había llegado a una casa prestada con un bebé en brazos, dos hombres de confianza y terror en los ojos. Esa mujer era Celia. El bebé era yo.
Él le rogó que me sacara de la vida de Octavio Beltrán.
Le dejó dinero, papeles, contactos, pero según mi madre, nada de eso la convenció.
—Fue la forma en que te dejó ir —me dijo—. Como si se le rompiera el alma.
Entonces mi padre habló con firmeza, mirándome a los ojos:
—Siempre supe que no eras mi pariente de sangre. Y jamás, ni un solo día, me costó amarte.
Esa frase me destrozó más que cualquier prueba de ADN.