Quería odiarlos. De verdad que sí. Pero mientras mi madre lloraba frente a mí y mi padre permanecía impasible como un muro, comprendí algo insoportable: sí, me mintieron… pero me mintieron mientras me amaban.
Me alojé en una pensión del pueblo vecino durante unas semanas. Allí recibí una carpeta enviada por Celia: el proceso de anulación ya había comenzado, junto con pruebas, documentos y una carta manuscrita. No se disculpó. No se justificó. Solo dijo que había llegado tarde, al lugar equivocado y de la peor manera posible a una maternidad que había estado enterrada durante veinte años.
Días después, me llamó un hombre de confianza suyo.
—Octavio Beltrán ya sabe que existes.
La sangre me hervía. frío.
Esa noche vi una furgoneta desconocida aparcada frente a la pensión durante demasiado tiempo y me di cuenta de que la amenaza era real. No llamé a Celia. Llamé a mi padre.
—Papá… necesito ayuda.
Llegó en menos de una hora. De camino, sin apartar la vista del volante, le pregunté:
—¿Alguna vez te has arrepentido de haber criado al hijo de otra persona?
Ni siquiera lo pensó.
—Jamás. Eres mi hijo porque te crié, porque te cuidé y porque te elegí cada día.
Después de eso, dejé de huir.
Me reuní con Celia en una casa segura. La vi sin maquillaje, sin aplomo, sin esa elegancia que antes me deslumbraba. Parecía una mujer agotada por sus propias acciones.
—Escúchame bien —le dije—. Nunca más me hablarás como si fueras mi esposa. Si alguna vez te dejo un lugar en mi vida, será solo como mi madre biológica. Y aún no sé si puedo darte ese lugar.
Ella asintió, llorando.
—Lo aceptaré.
—Y no me ocultes la verdad nunca más.
Él volvió a asentir.
Con abogados y protección, impidieron que Octavio se acercara a mí. Mi madre, Rosaura, y mi padre, Mateo, también se mantuvieron firmes. Cuando dos hombres llegaron al rancho preguntando por mí, mi padre les dijo que para tocar a su hijo primero tendrían que pasar por él.
Fue entonces cuando comprendí quién era mi verdadero escudo.
Un año después, frente al juzgado donde firmamos la anulación definitiva, estábamos los cuatro: Celia, Rosaura, Mateo y yo. Celia miró a mi madre y dijo, con la voz quebrada: