Quería a Leo.
O quería usarlo para salir.
Mateo rugió.
Aun esposado, se arrojó de costado y le metió el hombro en el abdomen a Vicente antes de que alcanzara a tocar al niño. Ambos cayeron contra la mesa lateral. La laptop voló al piso. Clara gritó y se pegó al muro abrazando a su hijo.
Los custodios corrieron.
Vicente sacó ahora sí algo del bolsillo.
No era un teléfono.
Era una pequeña pistola de bolsillo.
La sala explotó en pánico.
Un disparo reventó el aire.
La bala se incrustó en la madera del estrado.
La jueza se agachó.
Gente gritando.
Sillas cayendo.
Periodistas tirándose al suelo.
Y Mateo encima de Vicente, trabándole la muñeca con las esposas como si le fuera la vida en ello.
Porque le iba.
—¡Suéltala! —bramó Vicente, fuera de sí.
—¡Nunca! —escupió Mateo.
Hubo un segundo brutal.
Un forcejeo.
Otro disparo.
Esta vez el cuerpo que se sacudió no fue el de Mateo.
Fue el de Vicente.
Se quedó quieto.
Con los ojos abiertos.
Sorprendido.
Como si no pudiera creer que el final no obedeciera sus planes.
Detrás de él estaba la agente de seguridad de la puerta, con el arma reglamentaria aún levantada y las manos temblándole.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Hasta que Leo rompió el silencio con un llanto agudo, limpio, vivo.
Ese llanto devolvió el mundo.
Los custodios redujeron a Bruno Salvatierra, que acababa de aparecer en la entrada lateral y había intentado huir al escuchar los disparos.
El fiscal ordenó detenciones inmediatas.
La jueza suspendió la audiencia.
Y Mateo, todavía en el suelo, con el traje manchado, los labios partidos y la respiración deshecha, solo miraba a Clara y al bebé.
Como si todavía no se atreviera a creer que seguían ahí.
Como si todavía no supiera si estaba despierto.
—
Tres días después, la noticia había devorado al país.
El caso del inocente condenado a perpetua.
El magnate corrupto.
La memoria escondida en la manta de un recién nacido.
Pero la verdad completa tardó un poco más en salir.
Tomás Vera no había muerto el mismo día.
Había aguantado dos semanas escondido.
Dos semanas grabando archivos, copiando documentos y reuniendo lo que podía mientras veía cómo cerraban el cerco sobre Mateo.
El día antes del veredicto logró acercarse a Clara afuera del hospital.
No se atrevió a hablarle de frente.
Solo se cruzó con una enfermera de limpieza, una mujer mayor llamada Amalia, y le suplicó que cosiera la memoria en la manta azul del bebé.
—Solo llegará a sus brazos si el juez le permite tocar al niño —le había dicho.