Fui a anunciarme mi embarazo a mi novio, con mi hermano de dos metros.
Seamos honestas: yo sabía que Rodrigo era de los que ante una noticia grande necesitaba "pensar", "procesar" y básicamente desaparecer tres días con el teléfono en modo avión.
La última vez que le conté algo importante —que había chocado el auto— tardó cuarenta minutos en responder el mensaje. *Cuarenta minutos.* Yo ya había llamado al seguro, llenado el formulario y pedido un café para calmarme.
Así que esta vez tomé precauciones.
Le dije que viniera a casa porque tenía que contarle algo importante. Lo que *no* le aclaré era que mi hermano Matías iba a estar ahí.
Matías tiene 1,95 metros. Pesa no sé cuánto porque la balanza de casa no llega. Tiene cara de haber visto cosas en la vida y de no haberle gustado ninguna. Cuando era chico, los amigos míos le tenían miedo. Cuando fuimos al colegio juntos, los profesores también. Una vez un perro le ladró en la calle y a los dos segundos el perro se sentó solito y miró para otro lado.
Ese era mi plan B.
Rodrigo llegó puntual —primera señal de que algo en el universo presagiaba que esta noche iba a ser distinta— tocó el timbre, subió, entró.
Y ahí estaba Matías. Sentado en el sillón. Con los codos en las rodillas. Mirándolo.
—Heeey, Mati, ¿cómo andás? —dijo Rodrigo con esa sonrisa de "no sé qué está pasando pero me río por si acaso".
—Bien —dijo Matías. Y nada más. Solo "bien". Sin mover un músculo de la cara.
Rodrigo se sentó. Yo me senté. Matías siguió ahí como una montaña con zapatillas.
—Ro... ¿pasa algo? —me preguntó Rodrigo mirándome a mí, luego a Matías, luego a la puerta, en ese orden exacto.
—Sí —dije.
Saqué la prueba de embarazo del bolsillo y se la puse en la mano.
El silencio que vino después fue de esos que tienen textura. Se podía masticar.
Vi el proceso completo en su cara: primero leyó las líneas, después me miró a mí, después miró la prueba de nuevo como si hubiera cambiado algo, después miró a Matías, después —juro por lo más sagrado— sus ojos fueron a la puerta.
Solo que Matías lo vio venir.
Se levantó. Despacito. Con toda la calma del mundo. Caminó hasta el sillón de enfrente a la entrada y se sentó ahí. Cruzó los brazos. Y lo miró.
Rodrigo tragó saliva.
—Yo... esto es...
—¿Esto es qué? —dijo Matías con voz de narrador de documental de Netflix sobre crímenes sin resolver.
—¡Una noticia hermosa! —explotó Rodrigo a una velocidad que rompió récords— ¡Una noticia hermosísima, la mejor noticia, estoy feliz, re feliz, el más feliz de todos! ¿Cuántas semanas? ¿Necesitás vitaminas? ¿Ya fuiste al médico? ¡Yo te llevo! ¡Nos casamos cuando quieras! ¿El sábado está bien?
Yo me tapé la cara porque me agarró una carcajada que no podía parar.
Matías asintió una sola vez, muy despacio, como un juez que acaba de leer el veredicto. Se levantó, fue a la cocina y se hizo un café como si hubiera terminado de ver un partido aburrido.
Rodrigo esperó a escuchar que la pava prendía y se inclinó hacia mí:
—¿Estaba planeado? —me susurró con los ojos bien abiertos.
—Desde que compré el test en la farmacia, amor.
—¿Y si yo hubiera reaccionado bien solo?
—También estaba bueno —dije—, pero esta opción era más divertida.
Me miró unos segundos. Después miró hacia la cocina. Después suspiró de ese modo que significa "voy a contar esto en terapia".
—¿Tu hermano sabe que ya le pedí casamiento?
—Ahora sí.
Desde la cocina se escuchó a Matías:
—Fecha. Necesito fecha.
Rodrigo se puso pálido y sacó el teléfono para abrir el calendario.
Hoy tiene novio, cuñado y fecha de casamiento todo en la misma noche. Yo tengo un bebé en camino y el mejor recuerdo de mi vida.