Había entrado fingiendo ser una clienta anónima, con la libreta escondida en el bolso, cuando apareció el mensaje de mi hija, aterrorizada: “¡Mamá, me acusa de robar! ¡Llama a la policía!”.
El corazón me dio un vuelco. Me encontraba en la tienda más exclusiva del barrio, rodeada de vitrinas relucientes y empleados de sonrisa forzada. Mi hija, Clara, trabajaba allí desde hacía dos meses, ilusionada por el primer empleo que había conseguido tras terminar el instituto. Yo había decidido visitarla sin avisar, fingiendo ser una clienta más, para observar cómo se desenvolvía y anotar detalles para una crónica que estaba escribiendo sobre el trato a los jóvenes en el mundo laboral.
Sin embargo, ese mensaje cambió todo. Guardé la libreta rápidamente y me acerqué a la zona de probadores, donde escuché voces alteradas. La gerente, una mujer de traje impecable y mirada dura, estaba de pie frente a Clara, que temblaba y tenía los ojos llenos de lágrimas. A su lado, un guardia de seguridad revisaba el bolso de mi hija mientras los clientes miraban con curiosidad y algunos cuchicheaban.
