Parte 2: La verdad bajo la cama
Julia volvió a casa con las piernas flojas y la voz del niño clavada en la nuca. Durante 1 hora intentó convencerse de que todo era una monstruosa coincidencia, hasta que recordó un detalle que jamás había considerado importante: la noche en que cumplió 1 año de casada, su suegra, Mercedes Varela, había insistido en tender personalmente la cama matrimonial “para atraer bendiciones”. Julia subió a su habitación, quitó las almohadas, levantó el colchón y encontró una bolsita de tela negra cosida con hilo rojo. Dentro había tierra húmeda, una muda de piel de serpiente y una fotografía suya doblada 3 veces. El mareo fue tan fuerte que tuvo que sentarse en el piso. Cuando Jordán llegó, ella le arrojó la bolsa al pecho. Él palideció, pero no negó conocerla. Dijo que su madre creía en limpias, amarres de protección y cosas de rancho que no significaban nada. Julia no le creyó. Esa misma tarde buscó al niño y lo encontró junto a un puesto de tamales, comiendo despacio como quien no está acostumbrado a tener comida caliente. Se llamaba Tomás. Su madre, Luz, había trabajado años atrás en la casa de los Varela como cocinera y ayudante. Antes de morir de fiebre, le dejó una advertencia: si la joven esposa de Jordán algún día aparecía embarazada, debía impedir que siguiera dentro de esa casa. Tomás contó que no estaba loco, que desde pequeño veía cosas que otros no veían y que la última prometida de Jordán, una mujer llamada Verónica, también había empezado con dolores extraños, sueños con escamas y miedo al agua. La familia dijo que se fue del país después de perder un embarazo. La verdad era otra: Luz la encontró desangrándose en un baño de servicio, con los ojos abiertos de terror y Mercedes rezando frente a una vela negra para que nadie hablara. Julia quiso levantarse e irse, pero el niño le mostró una foto vieja sacada de una bolsa plástica. En ella aparecía Mercedes, mucho más joven, al lado de una curandera de Catemaco, sosteniendo exactamente la misma bolsita negra. Aquello destrozó la última defensa de Julia. Esa noche no volvió a dormir con Jordán. Al día siguiente lo siguió en secreto desde la plaza comercial hasta una casa antigua de su madre. Desde el patio escuchó la discusión. Mercedes hablaba con la serenidad monstruosa de quien lleva años justificándolo todo. Le recordó a su hijo que el abuelo había salvado el negocio familiar gracias a un pacto y que cada gran expansión de la fortuna había exigido lo mismo: una mujer embarazada dentro de la familia, un cuerpo joven, una sangre nueva. Jordán, con la voz quebrada, dijo que él había aceptado las limpias, no una muerte. Mercedes respondió que nadie había prometido comodidad, solo continuidad. Julia sintió náuseas y corrió a la calle justo cuando un dolor feroz le atravesó el vientre. Tomás la encontró doblada sobre sí misma y la llevó a un hospital público, lejos de la clínica privada de los Varela. En el ultrasonido, la doctora se quedó callada demasiado tiempo. Dijo que había actividad, sí, pero la imagen no era clara: algo parecía enrollarse alrededor del saco gestacional como una sombra larga y oscura. Recomendó internarla, repetir estudios y avisar a la familia. Julia apenas estaba procesando esas palabras cuando Mercedes apareció en la puerta del consultorio, impecable, con un rosario en la mano y una orden firmada para trasladarla. No venía sola. Detrás de ella, con la cara hecha pedazos por el miedo, estaba Jordán. Y en cuanto Julia vio los ojos de su esposo, entendió lo peor: él no había llegado a salvarla. Había llegado a decidir de qué lado estaba.