Hay un niño pequeño que suele pasar por mi calle y, cada vez que me ve, señala mi embarazo y lo único que dice es: “¡Llevas una serpiente en tu vientre! ¡Detén este embarazo! ¡No la traigas al mundo!”

Parte 1: El niño la señaló

El niño de la calle señaló el vientre de la dueña de una plaza comercial y gritó, en plena banqueta, que allí no crecía un bebé, sino una serpiente.

Julia Salas tenía 24 años, llevaba 2 meses de embarazo y hasta esa tarde pensaba que su vida caminaba con la perfección ordenada de los anuncios de lujo. Estaba casada con Jordán Varela, un empresario joven, educado y aparentemente atento, y juntos administraban una plaza comercial enorme en las afueras de Puebla. Cada viernes, ella recorría los pasillos del lugar para revisar tiendas, saludar encargados y asegurarse de que todo siguiera funcionando como un reloj.

Aquel día también había sido así. Clientes entrando y saliendo, empleados obedientes, ventas altas, llamadas resueltas. Al salir, Julia caminó de regreso a casa con una mano sobre el bolso y la otra, casi por instinto, sobre el vientre que todavía apenas cambiaba su silueta. Sonreía sola. Todavía estaba aprendiendo a pensar en sí misma como madre.

Fue al doblar por una calle polvorienta, cerca de una barda descarapelada, cuando lo vio.

Era un niño de unos 11 años, flaco, con la ropa rota, tenis vencidos y un costal cargado de botellas y latas. Tenía la piel marcada por el sol, pero no era eso lo que llamaba la atención. Eran los ojos. Demasiado fijos. Demasiado adultos. Como si ya hubiera vivido más dolor del que le correspondía.

Cuando Julia pasó frente a él, el niño se quedó inmóvil. Después levantó la mano sucia y apuntó directamente a su vientre.

—Traes una serpiente adentro.

Julia se detuvo en seco.

—¿Qué dijiste?

—Todavía estás a tiempo —repitió él, sin apartar la vista de su abdomen—. No dejes que nazca.

El calor le subió al rostro con una rapidez humillante. Primero sintió sorpresa. Luego asco. Después rabia.

—¿Estás loco? —le soltó—. ¿Dónde están tus padres? ¿Quién te enseñó a hablarle así a la gente?

El niño no retrocedió. Ni siquiera pareció ofendido.

—No es un niño —dijo con una calma que la erizó—. Es una serpiente grande. La puedo ver.

Julia apretó la mandíbula. Miró a ambos lados de la calle, avergonzada de que alguien pudiera haber escuchado semejante barbaridad.

—Lárgate ahora mismo o llamo a la policía.

Él soltó una risa seca, rara, hueca.

—La policía no va a poder hacer nada cuando nazca.

Aquello terminó de sacarle lo peor. Julia se agachó, tomó una piedra pequeña del suelo y la sostuvo con fuerza.

—Desaparece.

El niño dio 2 pasos hacia atrás, pero siguió mirándola con una quietud insoportable.

—Ve al hospital —insistió—. Sácatelo antes de que sea tarde.

Julia corrió hacia él movida por una mezcla de furia y miedo que no quiso reconocer. Pero el niño se escabulló con una velocidad inesperada entre 2 edificios viejos y desapareció en un callejón estrecho. Lo único que quedó fue el eco de su risa y una sensación pegajosa de suciedad dentro del pecho de Julia.

Llegó a casa temblando de coraje.

Intentó convencerse de que solo había sido un niño perturbado, alguien acostumbrado a provocar para conseguir monedas o atención. Se bañó, se cambió, ordenó la cocina y esperó a Jordán con una irritación que no terminaba de bajar.

Él llegó poco después, impecable como siempre, oliendo a loción cara y a oficina fría. Besó a Julia en la frente, le preguntó por su día y se sentó a cenar. Ella aguantó 10 minutos antes de soltarlo.

—Hoy me pasó algo asqueroso en la calle.

Jordán levantó la vista.

—¿Qué pasó?

—Un niño de la basura me gritó que estoy embarazada de una serpiente.

Julia esperaba una carcajada limpia, la reacción lógica ante algo absurdo. Jordán sí rió, pero hubo un segundo extraño antes de hacerlo. Un segundo que a Julia no se le escapó.

—Qué cosa tan enferma —dijo él.

—Eso pensé. Hasta que siguió insistiendo. Decía que debía ir al hospital y terminar el embarazo.

Jordán tomó agua. Entonces habló con una tranquilidad que le heló la espalda.

—A mí también me habló.

Julia dejó el cubierto sobre el plato.

—¿Cómo que a ti también?

—Lo vi en la plaza, cerca del estacionamiento de proveedores —respondió—. Me dijo exactamente lo mismo. Que lo que venía no era humano.

Durante varios segundos nadie se movió.

Julia sintió que la casa se quedaba sin aire.

—¿También dijo lo de la serpiente?

Jordán asintió.

—Sí.

Luego sonrió con una torpeza evidente, como queriendo barrer la incomodidad debajo de la alfombra.

—Seguro es un chamaco loco. De esos que inventan cosas para asustar.

Julia intentó seguirle la corriente. Intentó. Pero cuando esa noche se acostó, no pudo dormir. La frase del niño le golpeaba una y otra vez la cabeza. No era solo lo que había dicho. Era la convicción con que lo había dicho. Y peor todavía: que hubiera repetido lo mismo frente a Jordán.

A la mañana siguiente salió a caminar para despejarse. El aire fresco no le sirvió de nada. Al pasar por la misma calle, sintió un dolor corto en el vientre. No fuerte, pero sí lo bastante extraño para frenarla. Respiró hondo. El dolor pasó. Siguió andando. Y entonces escuchó la voz.

—Te dije que todavía estabas a tiempo.

Julia giró de golpe.

El niño estaba sentado encima de un contenedor viejo, mirándola como si la hubiera estado esperando.

—Otra vez tú.

—Ya está creciendo —murmuró él.

—Claro que está creciendo. Es un bebé.

El niño negó despacio.

—No.

Julia tragó saliva.

—¿Quién eres?

Él tardó 2 segundos en responder.

—Alguien que ya vio esto antes.

Julia sintió un latido seco en la garganta.

—¿Antes? ¿Dónde?

El niño la miró directo, sin parpadear.

—En la casa de tu esposo. Y la última mujer que lo cargó no llegó viva al 4 mes.