PARTE 2
Esa noche casi no dormí. No solo por el frío que se metía por debajo del portón de lámina, sino por la adrenalina.
La ventaja de que todos te crean rota es que nadie sospecha cuando te estás volviendo peligrosa.
Mis papás y mi hermana estaban convencidos de que yo pasaba el día entero encerrada llorando frente a una pantalla. Nunca se les ocurrió pensar que no estaba hundiéndome, sino construyendo algo que iba a cambiarlo todo.
Yo era ingeniera senior en software aeroespacial. El día que me dijeron que Diego había muerto por una falla de comunicación, mi dolor dejó de ser dolor y se convirtió en obsesión.
Durante ocho meses trabajé sin descanso en un protocolo capaz de neutralizar interferencias, restaurar señal táctica y mantener enlazadas a tropas en campo con sus coordenadas de extracción. Lo llamé Protocolo Centinela. Era exactamente la herramienta que Diego y su equipo no tuvieron cuando más la necesitaban.
Primero intenté moverlo por canales oficiales. Puro trámite, puro escritorio, pura promesa vacía. Así que hice lo que nadie esperaba de una viuda embarazada viviendo de favor con sus padres: fui directo a la empresa más poderosa del sector, Vanguardia Aeroespacial, contratista clave de Defensa en México y América Latina.
El general retirado Tomás Zúñiga, director de la compañía, revisó mi código personalmente.
No me ofreció empleo.
Me ofreció comprar mi tecnología por una cantidad tan grande que, cuando la vi en el contrato, pensé que había un error de dedo. Además, me nombró Directora General de Tecnología para encabezar la integración de Centinela en los sistemas satelitales y operativos.
Firmé el día anterior. No le conté nada a mi familia.
A las 7:58 de la mañana, el piso de la cochera empezó a vibrar.
No era imaginación. Eran motores pesados, blindados, acercándose justo frente al portón. Me puse de pie despacio, alisé mi chamarra vieja de Diego y levanté la cortina metálica.
La luz me cegó un segundo.
Afuera había dos camionetas negras blindadas con placas oficiales. A un costado esperaban cuatro elementos de Fuerzas Especiales. Al frente estaba el capitán Salas, ex compañero de Diego. En cuanto me vio, se cuadró y me saludó con una seriedad que me apretó la garganta.
—Buenos días, señora Salazar. Vengo por usted de parte del general Zúñiga. Es un honor escoltarla.
La puerta de la casa se abrió de golpe.
Ximena salió primero, en bata de seda, con una taza en la mano. Se quedó congelada al ver las camionetas ocupando media calle. Mauricio apareció detrás de ella y su cara cambió en cuanto reconoció a los militares y las placas. Mis padres salieron casi de inmediato, alterados.
—¿Qué está pasando aquí? —gritó mi papá.
El capitán Salas ni siquiera lo miró como se mira a un igual.
—Estamos trasladando a la ingeniera Mariana Salazar a su nueva residencia y a sus oficinas de seguridad restringida, por instrucción de Vanguardia Aeroespacial y con autorización de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Mauricio abrió la boca.
—¿Vanguardia? ¿La de los contratos estratégicos?
—La misma —respondió Salas.
Mi mamá me vio como si acabara de darse cuenta de que nunca me conoció.
—Mariana… ¿qué hiciste?
—Trabajar —contesté—. Mientras ustedes decían que yo estorbaba, yo estaba construyendo algo por lo que otros sí supieron pagar.
Mi papá tragó saliva.
—¿Conseguiste trabajo ahí?
—No, papá —le corregí, disfrutando por primera vez cada sílaba—. Ellos compraron mi empresa y ahora voy a dirigir su división tecnológica.
El silencio cayó como un golpe.
Salas tomó mi maleta y la guardó en la camioneta. Yo caminé sin mirar atrás, pero antes de subir, volví apenas la cabeza.
—Perdón por el ruido —dije—. Ojalá no le arruine el ambiente a Mauricio.
Me senté en el asiento de piel y la puerta se cerró con un golpe seco. Mientras nos alejábamos del fraccionamiento, el capitán me entregó una carpeta con el traslado de propiedad de un penthouse blindado en Santa Fe y una invitación escrita a mano por el general Zúñiga.
Cena privada. 20:00 horas.
Debajo venía la lista de invitados.
Leí una vez. Luego otra.
Rogelio y Elena Fuentes. Ximena Fuentes de León y Mauricio León.
Entonces entendí que sacarme de esa cochera solo había sido el primer movimiento. La verdadera cuenta todavía no estaba saldada… y esa noche iba a cobrarse completa.