El día en que Valeria Fuentes debía decir “sí, acepto”, el salón entero olía a rosas blancas, champaña cara y mentiras bien peinadas.
Las cámaras estaban listas. Los invitados murmuraban detrás de abanicos y copas de cristal. Sobre el altar, bajo una lluvia de flores importadas, la esperaba Leonardo Arriaga, heredero de una familia poderosa de Monterrey, sonriendo como si acabara de comprar no solo una boda, sino también el destino de la mujer que tenía enfrente.
Valeria avanzó por el pasillo con un vestido tan hermoso que parecía hecho para un cuento de hadas. Encaje francés, velo largo, perlas diminutas cosidas a mano. Pero debajo de esa perfección, sus rodillas temblaban. Su respiración era corta. Cada paso le dolía como si caminara sobre vidrio.
Nadie lo notó.
O quizá nadie quiso notarlo.
Su madre lloraba en la primera fila, no de emoción, sino de miedo. Su padre mantenía la vista baja, apretando un pañuelo entre los dedos. Los socios de la familia Arriaga sonreían satisfechos. Para ellos, aquella boda era un negocio. Una alianza. Una firma con flores.
Valeria llegó al altar y Leonardo tomó su mano con demasiada fuerza.
—Sonríe —susurró él sin mover los labios—. No arruines esto.
Ella levantó la mirada. Entre los invitados, al fondo del salón, vio a un hombre que no encajaba con nadie.
Damián Salvatore.
Todos lo conocían, aunque pocos se atrevían a pronunciar su nombre en voz alta. Empresario multimillonario, dueño de hoteles, constructoras y puertos privados. Algunos decían que era un santo para los pobres y un demonio para sus enemigos. Otros lo llamaban directamente “el jefe de la mafia”, aunque nunca nadie pudo probarlo.
Él estaba de pie, vestido de negro, con una mirada tan quieta que daba miedo. No sonreía. No aplaudía. Solo observaba.
Para obtener más información,continúa en la página siguiente