Valeria no sabía por qué él estaba allí. No era amigo de Leonardo. No pertenecía a su mundo de sonrisas falsas. Pero cuando sus ojos se cruzaron, ella sintió algo que no había sentido en semanas: alguien la estaba viendo de verdad.
El sacerdote empezó a hablar. Su voz sonaba lejana, como si viniera del fondo de un túnel.
Valeria intentó respirar.
No pudo.
El maquillaje pesado sobre su rostro comenzó a picarle. La base espesa que cubría su mejilla se mezcló con una gota de sudor frío. Bajo el velo, sus labios perdieron color.
—Valeria Fuentes —dijo el sacerdote—, ¿aceptas a Leonardo Arriaga como tu esposo?
El salón quedó en silencio.
Leonardo apretó más fuerte su mano.
—Contesta —murmuró.
Valeria abrió la boca.
Pero antes de decir una sola palabra, sus ojos se nublaron. Su cuerpo se venció hacia adelante y cayó al suelo frente al altar.
El grito de su madre rompió la ceremonia.
Las cámaras se giraron. Los invitados se levantaron. Leonardo se agachó, pero no con preocupación; lo hizo con rabia, como quien ve caer una inversión delante de todos.
—¡Levántate! —susurró furioso, fingiendo ayudarla—. Valeria, no hagas esto.
Entonces Damián Salvatore cruzó el salón.
No corrió. No necesitó hacerlo. Cada paso suyo hizo que la gente se apartara como si una tormenta avanzara por el pasillo. Se inclinó junto a Valeria y, con una calma peligrosa, tomó su muñeca para sentir el pulso.
—Está viva —dijo.
—No se meta —escupió Leonardo—. Es mi prometida.
Damián levantó lentamente la mirada.
—Todavía no es tu esposa.
La frase cayó como un golpe seco.
Leonardo palideció un poco, pero mantuvo su arrogancia.
—Llamen a mi médico privado —ordenó—. Que la lleven a la habitación de arriba.
—No —dijo Damián.
Una sola palabra. Nada más.
Pero fue suficiente para que dos hombres de seguridad, vestidos de negro, se acercaran desde la entrada.
—La revisará una doctora aquí mismo —continuó Damián—. Delante de su madre. Y nadie la tocará sin permiso.
Los invitados comenzaron a murmurar. El padre de Leonardo se levantó, molesto.
—Salvatore, esto es una ceremonia privada.
Damián ni siquiera lo miró.