PARTE 2
La mansión de los Santillán, en San Pedro Garza García, parecía lista para una revista: luces doradas, nacimiento enorme en la entrada, ponche caliente, buñuelos sobre la mesa y villancicos sonando bajito para aparentar paz.
Doña Teresa caminaba por la cocina dando órdenes.
—Que nadie mencione el divorcio. Mariana viene de invitada, no de escándalo.
Pero Rodrigo sí quería escándalo. Quería verla entrar sola. Quería que sus hermanas la miraran con lástima. Quería que todos confirmaran la mentira que él había repetido durante años: que Mariana jamás pudo darle hijos y que por eso el matrimonio se había roto.
A las ocho de la noche, cuando todos estaban reunidos, se escuchó un ruido fuerte afuera. Primero pensaron que era una camioneta. Luego el sonido creció, profundo, imposible de ignorar.
Los invitados salieron al jardín.
Un helicóptero negro descendía sobre el terreno junto a la casa, levantando hojas secas y haciendo volar los moños rojos de la decoración.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—Siempre le gustó llamar la atención.
Pero la risa se le borró cuando la puerta del helicóptero se abrió.
Mariana bajó primero. Llevaba un abrigo blanco, el cabello recogido y una calma que parecía más peligrosa que cualquier grito.
Después bajó Mateo.
Luego Diego.
Luego Camila.
Luego Sofía.
Cuatro niños de siete años, tomados de la mano, mirando la casa como quien entra a un lugar que le pertenece por sangre, aunque nadie lo haya invitado.
Doña Teresa se cubrió la boca.
—Dios mío…
Una de las hermanas de Rodrigo susurró:
—Se parecen a él.
Rodrigo se puso pálido.
—No empiecen con tonterías.
Mariana entró a la sala con sus hijos junto a ella. El silencio fue tan pesado que hasta los niños dejaron de moverse.
—Buenas noches —dijo Mariana—. Gracias por invitarme.
Doña Teresa dio un paso adelante, temblando.
—Mariana… ¿quiénes son ellos?
Mariana miró a Rodrigo.
—Tus nietos.
La palabra cayó como una bomba.
Rodrigo reaccionó de inmediato.
—Está mintiendo. Seguro los trajo para vengarse. Mariana siempre fue dramática.
Camila apretó la mano de su madre.
Mariana sacó su celular.
—Sabía que dirías eso.
Abrió una carpeta con capturas, correos, mensajes y audios guardados durante ocho años.
El primero era de Rodrigo, enviado cuando ella tenía apenas semanas de embarazo:
“Si decides tenerlos, no me busques. Mi familia jamás tiene que enterarse.”
Doña Teresa leyó la pantalla con los ojos llenos de lágrimas.
—Rodrigo… tú sabías.
Él intentó quitarle el celular a Mariana, pero Mateo se puso delante.
—No toque a mi mamá.
Todos se quedaron helados.
Entonces Mariana sacó un sobre de su bolsa.
—Y esto no es todo.
Rodrigo miró el sobre y entendió que la parte más grave todavía no salía a la luz.
Y cuando Doña Teresa lo abrió, nadie en esa casa volvió a respirar igual…