Esta vez con más cuidado.
—Es mi única heredera… —dijo en voz baja—. Merece su lugar. Tú también. Podemos arreglarlo.
No respondí.
Y entonces hizo algo que nunca imaginé ver.
Se arrodilló.
El mismo hombre que permaneció sentado mientras me llamaban débil, ahora estaba frente a mí, en silencio.
Lo observé un momento.
Y me sorprendió darme cuenta de que no sentía victoria.
Sentía paz.
—El día que tu madre decidió que el valor de una mujer dependía del sexo de su hijo —le dije—, perdió a la única persona que habría defendido ese apellido incluso cuando todo se viniera abajo.
No respondió.
Tomé a Camila en brazos. Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—Mi hija no es un plan de rescate —continué—. No es una estrategia. No es un apellido que salvar.
Hice una pausa.
—Es mi futuro.
Lo miré por última vez.
—Y mi futuro no se negocia.
Alejandro lloró.
Le deseé paz.
Y cerré la puerta.
No con furia.
Con dignidad.