PARTE 1
El calor en las calles de Xochimilco era sofocante ese martes a las 3 de la tarde. El timbre de la modesta casa de portón verde sonó 3 veces, con 1 urgencia seca y desesperada, como si del otro lado alguien estuviera huyendo del mismísimo diablo.
Valentina se llevó la mano al vientre abultado. Tenía 8 meses de embarazo, los pies hinchados por retener líquidos, la espalda adolorida y 1 cansancio crónico que le pesaba como bulto de cemento. En esa calle polvorienta, rodeada de vecinos ruidosos y perros callejeros, ella ya no era Valentina Garza-Sada, la heredera principal de 1 red de clínicas privadas valuada en cientos de millones de pesos en la Ciudad de México. Era simplemente Vale, 1 maestra de jardín de niños, la devota esposa de Arturo y la futura madre de 1 niño que pateaba su vientre con 1 fuerza tremenda.
El timbre volvió a sonar, esta vez acompañado de golpes bruscos contra el metal.
—¡Ya voy, un momento! —gritó Valentina, ajustándose la bata de algodón.
Caminó con lentitud hasta la entrada. Al asomarse por la rendija del portón, vio a 1 mujer joven. Llevaba el cabello negro recogido, gafas oscuras de diseñador y sostenía 1 olla grande de peltre con ambas manos. Valentina abrió apenas 1 rendija.
—¿Buscaba a alguien? —preguntó, confundida.
La mujer se arrancó las gafas. Tenía los ojos inyectados en sangre, desorbitados por la rabia y las lágrimas.
—Tú me lo robaste todo, maldita mosca muerta.
Valentina no entendió. Su mirada bajó hacia la olla y notó el vapor espeso que emanaba de ella. El olor rancio y penetrante a aceite hirviendo golpeó sus fosas nasales.
—Espere… ¿quién es usted?
—¡Arturo es mío!
Todo ocurrió en 1 maldito segundo. La mujer levantó la olla con furia y lanzó el líquido hirviendo directamente hacia ella. El instinto maternal de Valentina fue más rápido; giró el cuerpo violentamente, cubriendo su vientre con ambos brazos para proteger a su hijo. El aceite a más de 200 grados le cayó de lleno en la espalda, el cuello y los hombros.
El grito que desgarró el aire de la calle no pareció humano. Fue el alarido de 1 animal cazado, de 1 madre aterrada, de 1 mujer que sentía cómo su propia piel se derretía. Valentina cayó de rodillas sobre el cemento caliente del patio.
—Mi bebé… virgencita, por favor… mi bebé… —suplicaba, ahogándose en su propio dolor.
La atacante se quedó congelada por 2 segundos, viendo la brutalidad de su obra, antes de soltar la olla, que repiqueteó contra el piso, y salir corriendo despavorida.
Doña Carmelita, la vecina que vendía tamales, salió corriendo con el mandil puesto.
—¡Madre santísima! ¡Vale!
La anciana marcó al 911 con manos temblorosas. Trajo trapos húmedos, intentando mantener a Valentina consciente, pero el ardor era indescriptible, como si le hubieran incrustado carbones encendidos bajo los huesos. Sin embargo, el terror más grande de Valentina no era el fuego en su espalda, sino el silencio en su vientre. El bebé había dejado de patear.
La ambulancia llegó en 10 minutos. Los paramédicos la subieron a la camilla.
—Quemaduras de tercer grado —gritó 1 de ellos—. ¿Cuántos meses tiene?
—8 meses… salven a mi hijo, se los ruego —susurró Valentina, temblando por el shock.
—La llevamos al Centro Médico Santa Fe. Tienen la mejor unidad de quemados de todo el país.
Valentina abrió los ojos, invadida por 1 pánico distinto.
—No… ahí no… por favor.
Pero su voz se apagó. El Centro Médico Santa Fe era el imperio de su familia. El lugar que su estricta madre, Doña Leonor Garza-Sada, gobernaba con mano de hierro. El lugar del que Valentina había huido 5 años atrás para casarse con Arturo.
En la ambulancia, Valentina le suplicó al paramédico que llamara a su esposo. El teléfono de Arturo sonó 4 veces y mandó a buzón. Y en ese instante de agonía, 1 verdad repulsiva la golpeó: Arturo lo sabía. Él no contestaba porque sabía lo que esa mujer iba a hacerle.
Era imposible creer lo que estaba a punto de desatarse cuando las puertas de urgencias se abrieran…
PARTE 2
Las puertas de urgencias del Centro Médico Santa Fe se abrieron de golpe, tragándose la camilla de Valentina en 1 torbellino de luces blancas, gritos de paramédicos y el inconfundible olor a antiséptico. Para Valentina, era como entrar al purgatorio que había jurado abandonar 5 años atrás.
—¡Traigan al doctor Mendoza, rápido! ¡Y código materno en el quirófano 3! —ordenó 1 enfermera jefe, conectando monitores.
El dolor era 1 bestia que le devoraba la conciencia, pero Valentina se obligó a mantener los ojos abiertos. Otra enfermera se acercó con 1 tableta para registrar el ingreso.
—Necesito su nombre completo, señora.
Valentina tragó aire, sintiendo que el pecho se le partía.
—Valentina… Valentina Ruiz.
—Necesito sus apellidos completos por cuestiones legales de la clínica —insistió la enfermera.
Valentina cerró los ojos. Negar su sangre en el umbral de la muerte era 1 cobardía que ya no podía sostener.
—Valentina Garza-Sada.
La enfermera soltó el bolígrafo, pálida.
—¿Garza-Sada? ¿Hija de la directora Leonor?
El secreto había muerto.
Apenas 2 minutos después, el doctor Roberto Mendoza, jefe de cirugía y el mejor amigo del difunto padre de Valentina, irrumpió en el cubículo. Al verla, el hombre de 60 años se quedó sin aliento.
—¡Dios santo, Valentina!
—Doctor Mendoza… salve a mi hijo… —logró murmurar ella antes de que el dolor la venciera.
—Te vamos a salvar a ti y a ese niño, te lo juro por mi vida. Preparen morfina y llamen a obstetricia de inmediato.
Mientras los médicos luchaban por estabilizar el ritmo cardíaco del bebé, que latía con 1 debilidad aterradora, 1 asistente corrió a la oficina principal en el piso 12.
Exactamente 1 hora después, Doña Leonor Garza-Sada cruzó las puertas de la unidad de quemados. Impecable, con su traje sastre gris y 1 collar de perlas, era 1 mujer que inspiraba terror y respeto en todo México. Pero cuando vio a su única hija envuelta en vendas, conectada a 8 cables distintos y gimiendo de dolor, la coraza de hierro de la matriarca se hizo polvo.
Cayó de rodillas junto a la cama, rompiendo en 1 llanto que nadie en ese hospital había presenciado jamás.
—Mi niña… ¿quién te hizo esto? ¿Quién se atrevió?
Valentina, sedada pero consciente, sintió la mano de su madre acariciando su cabello empapado en sudor. Habían pasado 5 años sin dirigirse la palabra.
—Fue la amante de Arturo… se llama Lorena. Dijo que yo le había robado todo. Mamá… Arturo no contesta. Creo que él sabía.
La tristeza en los ojos de Leonor fue reemplazada por 1 furia volcánica. Se levantó lentamente, secándose las lágrimas.
—Si ese infeliz tuvo 1 sola gota de culpa en esto, te juro por la memoria de tu padre que lo voy a enterrar vivo.
La historia de Valentina y Arturo era 1 tragedia anunciada. 5 años atrás, tras la muerte del patriarca de los Garza-Sada, Valentina estaba hundida en la depresión. Arturo, 1 supuesto emprendedor carismático, la abordó en 1 cafetería de Coyoacán. Le ofreció 1 pañuelo, la hizo reír y le juró que a él no le importaban sus millones, sino su corazón. Leonor, con su instinto afilado, contrató investigadores y le advirtió a su hija: Arturo tenía demandas por fraude, negocios fantasmas y 1 oscuro historial con mujeres. Le dio 1 ultimátum. Valentina, cegada por 1 amor que parecía rescatarla de la frialdad de su madre, eligió a Arturo. Renunció a sus fideicomisos, a las mansiones en Polanco y se mudó a 1 casa rentada.
Trabajó turnos dobles como maestra para mantenerlos, mientras Arturo “buscaba inversores” para proyectos que nunca existían. Cuando ella quedó embarazada, él se volvió frío, ausente. Llegaba a las 4 de la mañana oliendo a perfume barato, escondía el celular y la llamaba “loca” cuando ella lloraba. Valentina descubrió mensajes de acoso de 1 tal Lorena, pero el orgullo le impidió pedir ayuda a su madre.
A las 7 de la noche de ese mismo día, el comandante Ramírez, de la fiscalía de la Ciudad de México, entró a la habitación del hospital. Su rostro era sombrío.
—Señora Garza-Sada, tenemos noticias. Detuvimos a Lorena Montes en la Terminal 2 del aeropuerto. Estaba a punto de abordar 1 vuelo hacia Colombia.
Valentina sintió 1 nudo en la garganta.
—¿La atraparon sola?
El comandante miró a Leonor antes de responder.
—No. Su esposo, Arturo, le estaba comprando el boleto. Ambos están detenidos.
El silencio en la habitación fue absoluto. Arturo no estaba en el hospital desesperado por la vida de su esposa y su hijo. Estaba financiando la fuga de la mujer que intentó calcinarla viva.