La esposa del magnate quiso humillarla en una gala… pero la empleada apareció usando el vestido que dejó a todo el salón en shock

Y eso humilló más a Regina que si le hubiera escupido en la cara.

—Usted me invitó, señora Alcázar —respondió Mariana con suavidad—. Yo solo acepté.

Algunas personas cercanas soltaron un murmullo incómodo.

Fernanda apartó la mirada.

Paola se quedó tiesa.

Regina apretó los dientes.

—Bueno… nadie esperaba… esto.

Mariana inclinó apenas la cabeza.

—No. Supongo que no.

Antes de que Regina pudiera responder, una voz masculina resonó desde la entrada principal del salón.

—Mi hija nunca llega tarde. Solo hace entradas memorables.

Todo el salón volvió a girar.

Un hombre de cabello plateado, traje negro impecable y presencia devastadora acababa de entrar acompañado por una mujer elegante de porte sereno. No necesitaban presentación, pero aun así la recibieron los susurros, las exclamaciones ahogadas y el silencio reverente de quienes entendían que estaban viendo a personas acostumbradas a mover fortunas sin levantar la voz.

León Obregón y Elena Varela de Obregón.

Los fundadores de la legendaria casa de moda.

Los padres de Mariana.

Regina dejó escapar un sonido ahogado.

Fernanda dio un paso atrás.

Paola casi tiró su copa.

León Obregón llegó hasta Mariana y le ofreció su brazo. Ella lo tomó con naturalidad, como si no llevara meses limpiando casas ajenas ni hubiera pasado días enteros en silencio soportando desprecios.

Como si nada de eso pudiera tocar lo que era.

Elena, por su parte, se acercó a Regina.

Y sonrió con cortesía impecable.

—Buenas noches —dijo—. Quería agradecerle algo.

Regina tragó saliva.

—¿Agradecerme?