La historia completa Una enfermera le lee cuentos en secreto a….

Mientras leía, a veces miraba a Santiago. Había algo inquietante en esa coincidencia. Él también parecía un hombre enterrado vivo en su propio cuerpo.

Una madrugada, mientras Valeria le limpiaba el sudor de la frente, sus dedos rozaron la cicatriz de la sien. Por un instante creyó ver un movimiento mínimo en su mandíbula.

Se quedó congelada.

—¿Santiago?

Nada.

El monitor siguió sonando igual.

Bip. Bip. Bip.

Valeria se obligó a respirar. Se dijo que había sido un espasmo. Una reacción sin sentido de un cuerpo dañado.

Pero desde esa noche, la habitación 412 dejó de sentirse como una tumba.

Empezó a sentirse como una sala de espera.

Parte 2: Los hombres que llegaron por él

Al quinto mes, algo cambió en el cuarto piso.

Julián ya no estaba siempre en la puerta. En su lugar aparecieron hombres nuevos, con miradas duras y sonrisas vacías. Fumaban en las escaleras, hablaban en voz baja y miraban a Santiago no con respeto, sino con impaciencia.

El hombre que trajo la verdadera oscuridad se llamaba Leonardo Salvatierra.

Era el segundo al mando de Santiago. Entró una noche con abrigo caro, zapatos brillantes y dos escoltas detrás. Miró a Santiago como quien mira un mueble viejo que estorba en una casa nueva.

—¿Algún cambio, enfermera? —preguntó.

—Está estable, pero sin respuesta neurológica —contestó Valeria.

Leonardo soltó una risa seca.

—Estable. Qué palabra tan inútil. Una piedra también es estable, señorita. Eso no significa que esté viva.

Valeria sintió un frío en el estómago.

Leonardo se acercó a la cama y observó el pecho de Santiago subir y bajar con ayuda del oxígeno.

—Un hombre como él no debería terminar así, conectado a cables, dependiendo de una enfermera y de una máquina. Es una falta de respeto a su memoria.

—Los médicos dicen que aún existe una posibilidad.

Leonardo la miró por primera vez. Sus ojos eran claros, pero no tenían luz.

—Los médicos cobran por dar esperanza. Yo me dedico a la realidad.

 

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Esa misma semana, Valeria notó cosas extrañas. Cámaras que dejaban de funcionar. Registros médicos abiertos por usuarios desconocidos. Guardias que cambiaban de turno sin explicación.

Una noche, al ir por café a la sala de descanso, oyó voces detrás de la puerta entreabierta.

—El viernes se acaba esto —dijo un hombre—. Don Leonardo ya se cansó de esperar.

—¿Y la enfermera?

—La sacan del piso con cualquier pretexto. Después se ajusta la vía. Nadie va a preguntar demasiado si el corazón de un comatoso se detiene.

Valeria retrocedió, sintiendo que la sangre se le iba del cuerpo.

Volvió corriendo a la habitación 412 y cerró la puerta con seguro. Santiago seguía inmóvil, indefenso, pálido bajo las sábanas.

Ella se acercó a su oído.

—Santiago —susurró, con la voz rota—. Tiene que despertar. Leonardo va a matarlo. Van a hacer que parezca natural. Por favor, si está ahí, si puede escucharme, luche.

Tomó el libro con manos temblorosas y leyó como si rezara. Leyó las páginas donde Dantès comprendía la traición, donde el dolor se convertía en fuerza, donde un hombre enterrado en vida se negaba a morir.

—No deje que lo entierren vivo —murmuró Valeria, llorando.

El monitor respondió con el mismo sonido.

Bip. Bip. Bip.

El viernes llegó con una tormenta brutal. La lluvia golpeaba los ventanales del hospital y el cielo sobre la ciudad parecía partido por relámpagos.

Cuando Valeria llegó a su turno de las once, Julián no estaba.

En su lugar había un hombre desconocido revisando el celular.

Valeria sintió que el destino ya había abierto la puerta.

A las 2:45 de la madrugada, la luz parpadeó. Durante tres segundos, la habitación quedó completamente oscura. Cuando volvió la electricidad, la manija de la puerta empezó a girar.

Entró un hombre con bata blanca, cubrebocas y gorro quirúrgico. Pero no caminaba como médico. Caminaba como depredador.

Sacó una jeringa del bolsillo.

Valeria se puso de pie.

—¿Qué está haciendo? No hay ninguna indicación nueva.

El hombre la ignoró y fue directo a la vía central de Santiago.

Valeria se lanzó sobre él y le sujetó el brazo.

—¡No puede hacer eso!

El golpe llegó rápido. El dorso de la mano del hombre le estrelló el pómulo y la mandó contra el piso. Valeria sintió un dolor blanco detrás de los ojos. Probó sangre.

Desde el suelo vio cómo el hombre destapaba la jeringa con los dientes y acercaba la aguja al puerto de la vía.

—No… —gimió ella.

La aguja estaba a punto de entrar.

Entonces, una mano salió de debajo de la sábana.

No fue un movimiento débil. Fue preciso, brutal.

La mano de Santiago Alcázar atrapó la muñeca del asesino.

El hombre se quedó paralizado.

Los ojos de Santiago estaban abiertos.

 

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