Camila levantó la vista.
—¿Tenía?
Él respiró hondo.
—Se llamaba Inés. Murió con su madre en un accidente hace tres años. Tenía seis meses.
Camila sintió que la vergüenza que cargaba se transformaba en otra cosa: compasión.
—Lo siento mucho.
Alejandro asintió, mirando a Mateo.
—Desde entonces, vengo aquí todos los jueves. Mi esposa decía que este lugar hacía la mejor sopa de tomate de la ciudad. Yo ni siquiera sé si es cierto. Solo… sigo viniendo.
Camila comprendió entonces que la mesa doce no era una costumbre de hombre rico. Era un altar silencioso. Un lugar donde alguien se sentaba a conversar con ausencias.
La cena avanzó despacio. Alejandro no hizo preguntas invasivas. Quiso saber cuánto tiempo tenía Mateo, si Camila tenía familia cerca, si le gustaba su trabajo. Ella respondió con cuidado al principio, luego con más confianza. Le contó que había estudiado administración dos años, pero abandonó la carrera cuando quedó embarazada. Le contó que soñaba con abrir un pequeño café donde las madres pudieran entrar sin sentirse estorbos. Un lugar con sillitas para bebés, cambiadores limpios y café decente. Un lugar donde ninguna mujer tuviera que pedir perdón por llegar con su hijo.
Alejandro la escuchó como si cada palabra importara.
—¿Y por qué no lo ha hecho? —preguntó.
Camila soltó una risa triste.
—Porque los sueños también cuestan renta, señor.
—Alejandro —corrigió él suavemente.
Ella bajó la mirada.
—Alejandro.
Durante un momento, ambos sonrieron.
Pero la vida de Camila no cambió de golpe aquella noche, aunque en las historias parezca bonito decirlo así. No amaneció al día siguiente con un cheque millonario ni con un cuento de hadas resuelto. Lo que cambió primero fue algo más pequeño y más poderoso: dejó de sentirse invisible.
Al terminar la cena, Alejandro pidió la cuenta. El gerente del restaurante, don Ernesto, se acercó con esa sonrisa falsa que solo usaba con clientes importantes.
—Señor Salvatierra, todo bien, espero.
Alejandro miró a Camila, luego al gerente.
—Su empleada ha sido tratada con muy poca consideración por algunos clientes.
Don Ernesto palideció.
—¿Empleada? Ah, sí, Camila. Bueno, ella hoy no estaba de turno, pero ya sabe, estas situaciones con niños…
—Con niños, ¿qué? —preguntó Alejandro.
El gerente tragó saliva.
—Pueden afectar la imagen del restaurante.
Camila sintió que el piso volvía a moverse bajo sus pies.
Alejandro se puso de pie.
—La imagen de un restaurante no se arruina por un bebé. Se arruina cuando sus dueños olvidan que quienes sirven las mesas también tienen vida, cansancio y dignidad.
Don Ernesto intentó reír.