La noche en que tomé la decisión de ponerle fin a mi matrimonio, Madrid parecía envuelta en un velo. Una llovizna insistente caía sobre la Castellana, y el asfalto, oscuro y brillante, devolvía reflejos como si la ciudad también estuviera mirándose a sí misma.
Pablo, impecable como siempre, se detuvo frente al espejo del recibidor para ajustarse unos gemelos de ónice. Eran caros. Demasiado. Y, aun así, los lucía con la naturalidad de quien está convencido de que el lujo le pertenece por derecho. Los había comprado con una tarjeta que él consideraba “suya”, sostenida por una vida que él daba por hecha, como si el éxito y el dinero se generaran solos a su alrededor.
Sin girarse hacia mí, soltó la frase como quien marca una distancia definitiva:
—No me esperes despierta, Valeria. Voy a la Gala de Diamantes en el Ritz. Habrá gente influyente, asuntos serios… No es un lugar para ti.
- Él hablaba de “negocios”, como si yo no entendiera el mundo.
- Yo escuchaba su tono, como si ya no me perteneciera.
- La casa era grande, pero esa noche se sintió más vacía que nunca.
Yo permanecía sentada en un sillón de orejas, con las manos apoyadas en mi vientre de siete meses. Llevaba un pijama de algodón y las piernas en alto, porque al final del día los tobillos se me hinchaban. Para Pablo, esa imagen confirmaba su historia favorita: la de la esposa “simple”, la mujer “de pueblo”, la que no iba a ningún sitio sin él.
Pero esa noche mi voz salió tranquila, casi sorprendentemente estable:
—Que lo pases bien.
Pablo se acercó. Por un segundo pensé que tal vez, por costumbre, intentaría darme un beso. No lo hizo. Solo estiró el brazo para tomar su abrigo de cachemira del perchero detrás de mí. Al hacerlo, su colonia me golpeó de lleno: Acqua di Parma. Un aroma elegante, limpio… y ahora también un recordatorio. El mismo perfume que me enamoró años atrás, y el mismo que parecía usar para esconder otras presencias en su vida.