Le compré a mis padres una casa frente al mar para que descansaran, pero meses después mi cuñado cambió las chapas y les gritó “ustedes aquí ya estorban” frente a sus maletas.

PARTE 2

Yo no grité. Eso fue lo que más asustó a mi hermana.

Cuando me enojo de verdad, mi voz se vuelve baja. Miré a Mauricio, luego a Paola, luego a mi madre llorando junto a la jardinera donde ella misma había sembrado bugambilias.

—Dame las llaves —le dije.

Mauricio soltó una risa seca.

—No puedes venir a ordenar en una propiedad que ya está bajo nuestra administración.

—¿Administración de quién?

Sacó una carpeta negra de piel falsa y empezó a sacar hojas impresas. Contratos bajados de internet, cartas sin notarizar, una supuesta autorización con la firma de mi mamá.

Mi mamá negó con la cabeza.

—Yo no firmé eso, Andrés. Te lo juro por la Virgen.

Tomé la hoja. La firma parecía la de ella, pero torcida, temblorosa, hecha por alguien que la había copiado viendo una credencial.

—Esto es falsificación —dije.

Paola por fin habló.

—No exageres. Mauricio solo quería ayudarnos. La casa cuesta mucho mantenerla. El predial, la luz, el seguro contra huracanes…

—Todo eso lo pago yo —la interrumpí—. Desde el primer día.

Ella apretó los labios.

Para entender por qué Mauricio se atrevió a tanto, hay que volver a la cena del aniversario. Fue en un restaurante de Mérida, sencillo pero bonito. Mi papá llevaba su camisa blanca planchada. Mi mamá se había pintado los labios de rojo, como cuando era joven.

Después del postre, les entregué un sobre.

—Es su casa —les dije—. Frente al mar. Para que por fin descansen.

Mi mamá lloró. Mi papá se quitó los lentes tres veces porque no podía creerlo.

Mauricio, en cambio, preguntó cuánto valía, si se podía rentar en Semana Santa y quién tenía control legal.

Por eso yo no fui ingenuo. La casa estaba protegida mediante un fideicomiso familiar ante notario. Mis padres tenían derecho de uso vitalicio. Nadie podía rentarla, venderla ni administrar nada sin mi autorización por escrito.

Mauricio no sabía eso. O creyó que mis papás eran demasiado humildes para defenderse.

Mientras yo revisaba los papeles, llegó una camioneta blanca. Bajó una mujer con cámara profesional.

—Vengo para la sesión de fotos de las once —dijo—. Me contrataron para actualizar las imágenes del anuncio.

Mi mamá se llevó la mano al pecho.

—¿Más fotos? ¿Iban a sacar nuestras cosas?

La fotógrafa miró las maletas, la cara de mi madre y luego a Mauricio. Su sonrisa se borró.

—A mí me dijeron que la casa estaba vacía.

En ese instante, el celular de Mauricio empezó a sonar. En la pantalla apareció un nombre: “Lic. Barrera – Urgente”.

Mauricio se puso blanco.

Contestó de espaldas, pero todos escuchamos cuando dijo:

—No, licenciado, todavía no hemos podido sacar a los viejos.

Mi papá bajó la mirada.

Y entonces entendí que esto no era solo ambición. Había algo mucho más podrido detrás.