PARTE 1
—Salgan de aquí. Esta casa ya no es de ustedes.
Mi papá, don Ernesto Aguilar, se quedó inmóvil frente a la puerta azul de la casa que yo había comprado para él y mi mamá por sus cuarenta años de matrimonio. En una mano traía una bolsa de pan dulce de la panadería del puerto; en la otra, las llaves que ya no servían.
La brisa de Progreso, Yucatán, movía las cortinas blancas detrás de la ventana. Esa casa frente al mar, de casi trece millones de pesos, se suponía que iba a ser su descanso después de una vida entera trabajando. Mi mamá, doña Carmen, había limpiado casas ajenas por más de treinta años. Mi papá fue chofer de camión hasta que las rodillas empezaron a fallarle.
Yo, Andrés, había prometido que algún día les compraría un lugar donde pudieran despertar escuchando las olas y no el ruido del tráfico.
Y se los cumplí.
Pero esa mañana mi mamá me llamó llorando.
—Hijo… tienes que venir. Mauricio cambió las chapas.
—¿Mauricio? —pregunté, sintiendo cómo se me helaba la sangre.
Mauricio era el esposo de mi hermana Paola. Un tipo de esos que hablan de “inversiones”, “flujo de efectivo” y “mentalidad de abundancia”, aunque siempre debía dinero. Desde que vio la casa por primera vez, sus ojos no miraron el mar. Miraron el precio.
Manejé desde Mérida como loco. Cuando llegué, encontré dos maletas de mis padres tiradas en el porche. Mi mamá estaba en bata, con las chanclas puestas, temblando como niña castigada. Mi papá seguía frente a la puerta, humillado, sosteniendo la bolsa de pan como si no supiera qué hacer con ella.
Mauricio estaba recargado en el barandal, con un llavero nuevo colgando de su dedo.
—Qué bueno que llegas, Andrés —dijo, sonriendo—. Tenemos que hablar como adultos.
Detrás de él estaba Paola, mi hermana. Pálida, callada, mirando al piso.
—¿Qué hiciste? —le pregunté.
Ella no contestó.
Mauricio levantó la barbilla.
—Tus papás ya no están en edad de administrar una propiedad así. Paola y yo decidimos rentarla por temporada. Ya está publicada. Es lo más conveniente para todos.
—¿Publicada dónde?
Sacó el celular y me mostró la pantalla.
Ahí estaba la casa de mis padres, anunciada como “villa premium frente al mar, perfecta para turistas”. En las fotos salía la cocina de mi mamá, su hamaca, sus macetas, hasta la taza de café de mi papá.
Entonces Mauricio miró a mi padre y dijo, sin vergüenza:
—Don Ernesto, entienda. Usted aquí ya estorba.
Y lo que pasó después… nadie en mi familia lo vio venir.