—La verdad.
—No. Esto es una trampa.
Valentina tragó saliva.
—Yo también pensé eso cuando lo encontré. Mi madre murió hace dos meses. Antes de morir me confesó que no se fue por vergüenza. Huyó porque intentaron matarla. Me dijo que Don Vittorio quería protegerla, pero alguien de su propia casa lo traicionó. Me dio esta carta, el medallón y una llave. Me pidió que no viniera jamás aquí. Pero yo vine.
—¿Por qué?
Valentina lo miró con dolor.
—Porque quería saber si usted era igual que ellos.
Alessandro soltó una risa amarga.
—¿Y qué descubriste?
—Que intenta ser peor para no parecer débil. Pero no es igual.
Aquellas palabras lo golpearon más fuerte que cualquier insulto.
Él volvió a mirar la carta.
—¿Por qué esperaste tres años?
—Porque no tenía pruebas suficientes. Porque cada vez que estaba cerca de hablar, alguien me vigilaba. Porque Matteo me amenazó cuando me vio entrar a esta biblioteca. Porque Bianca no vino a casarse con usted por amor.
Alessandro levantó la mirada.
—¿Qué tiene que ver Bianca?
Valentina caminó hacia el retrato de Don Vittorio. Detrás del marco, introdujo la pequeña llave en una cerradura casi invisible. La madera se abrió con un clic suave. Dentro había una caja metálica.
Alessandro se acercó.
Valentina sacó varios documentos, grabaciones antiguas y un cuaderno de cuentas. Todo marcado con fechas, nombres y cantidades.
—Su padre guardó esto antes de morir. Yo encontré la cerradura limpiando. No pude abrirla hasta que mi madre me dio la llave. Aquí está todo: pagos, sobornos, asesinatos ordenados por Lorenzo Ferraro y encubiertos por su madre. Y también está el acuerdo que firmaron hace años: casar a Bianca con usted para que los Ferraro controlen el imperio Romano desde dentro.
Alessandro no habló.
Su mundo, ese mundo construido sobre disciplina, lealtad y sangre familiar, empezó a resquebrajarse.
—Mi madre no pudo llevarse estos documentos porque la descubrieron —continuó Valentina—. La acusaron de ladrona para borrar su nombre. La hicieron parecer una mujer cualquiera que traicionó a la casa. Pero ella solo amó a su padre. Y usted…
Su voz se quebró.
—Usted es mi hermano.
Alessandro retrocedió como si ella lo hubiera empujado.
Durante toda su vida, su madre Emilia le había repetido que la familia era lo único sagrado. Que la sangre Romano no se mezclaba con sirvientes. Que la lealtad se imponía con miedo. Que su padre murió por confiar demasiado en personas inferiores.
Y ahora una criada estaba frente a él, sosteniendo la prueba de que esa “persona inferior” era su hermana. La hija escondida de Don Vittorio. La sangre que su familia intentó borrar.
—No —murmuró Alessandro.
Valentina asintió, con lágrimas en los ojos.
—Yo tampoco quise creerlo.
De pronto, alguien golpeó la puerta.
—Alessandro —sonó la voz de Emilia, elegante y dura—. Abre.
Valentina se puso pálida.
Alessandro guardó los documentos dentro de su saco.
—Quédate detrás de mí.
Por primera vez desde que ella trabajaba en esa casa, Valentina oyó en su voz algo que no era orden ni amenaza.
Era protección.
Alessandro abrió la puerta.
Emilia estaba allí con Bianca, Matteo y Lorenzo Ferraro. Sus rostros no fingían preocupación. Fingían control.
—¿Qué hace esta muchacha encerrada contigo? —preguntó Emilia, mirando a Valentina como si fuera basura sobre una alfombra cara.
Alessandro no respondió de inmediato. Caminó de regreso al salón principal. Todos lo siguieron. Los invitados, que murmuraban con ansiedad, callaron cuando él apareció.
Bianca intentó tomarle el brazo.
—Amor, esta criada está loca. Podemos llamar a seguridad y continuar con la cena.
Alessandro la miró.
—No vuelvas a llamarme amor.
El color abandonó el rostro de Bianca.
Emilia dio un paso al frente.
—Alessandro, no hagas un espectáculo.
Él sacó la fotografía y la levantó frente a todos.
—¿La conoces, madre?
Emilia apenas la miró, pero sus dedos se tensaron sobre su collar de perlas.
—Una empleada desleal.
—Una mujer a la que acusaste de robar.
—Porque robó.
Alessandro sacó la carta.
—Entonces mi padre también mentía.
Matteo intervino con una risa nerviosa.
—Hermano, no vas a creer unos papeles viejos traídos por una sirvienta resentida.
—Cállate.
La palabra cayó como una orden mortal.
Alessandro conectó una pequeña grabadora antigua a un reproductor de la biblioteca que un guardia había traído. Valentina no sabía qué cinta estaba dentro, hasta que la voz de Don Vittorio llenó el salón.