—En el baño… me pediste algo… querías que robara documentos de mi padre…
El rostro de Javier se tensó apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
—No sé de qué hablas, hijo… debes estar confundido…
—No. —La voz de Mateo fue firme—. No estoy confundido.
El aire se volvió pesado.
Don Ricardo miró a su hermano, desconcertado.
—¿Javier…?
Pero Javier sonrió.
—Ricardo, por favor… el muchacho acaba de pasar por un trauma terrible… su mente está mezclando recuerdos…
Mateo sintió la sangre hervir.
—¿También fue mi imaginación… el accidente?
Silencio.
Nadie respiraba.
Javier lo miró fijamente.
—Ten cuidado con lo que insinuas…
Mateo se inclinó hacia adelante en su silla.
—¿O qué?
Por un segundo…
Solo un segundo…
La máscara de Javier cayó.
Y en sus ojos apareció algo oscuro.
Peligroso.
—O podrías lastimar a tu familia —dijo en voz baja.
Doña Elena jadeó.
—¡Basta!
Don Ricardo se levantó de golpe.
—¡¿Qué está pasando aquí?!
Mateo lo miró.
Y por primera vez… dijo la verdad sin filtros.
—Papá… el accidente… no fue un accidente.
El silencio fue absoluto.
—Alguien lo planeó.
Don Ricardo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué estás diciendo…?
Mateo no dudó.
—Estoy diciendo… que alguien quiso matarme.
Y lentamente…
giró la cabeza…
mirando directamente a Javier.
Esa noche, nadie durmió.
Pero alguien sí actuó.
A la madrugada…
un auto negro se estacionó frente a la casa.