Él levantó la mirada.
—¿Qué pasa, papá?
Don Ricardo dudó.
—Después de… tu “muerte”… muchas cosas cambiaron.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué tipo de cosas?
El silencio se volvió incómodo.
—Tu tío… —continuó—. Tomó control de la empresa por un tiempo… y ahora… es socio.
Mateo sintió un ligero escalofrío.
—¿Mi tío Javier?
—Sí.
Algo dentro de él reaccionó.
Una incomodidad… una sombra.
—¿Y… él viene seguido a la casa?
Doña Elena intervino rápidamente.
—Sí, hijo… es familia…
Mateo bajó la mirada.
Familia…
Esa palabra ya no le sonaba igual.
Tres días después, Javier llegó a la casa.
Elegante. Seguro de sí mismo. Sonriente.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Mateo…
El mundo pareció detenerse por un segundo.
—Sobrino… —dijo con una sonrisa forzada—. Qué milagro verte…
Mateo lo observó en silencio.
Y entonces…
El recuerdo volvió.
Más fuerte.
Más claro.
El baño del club.
La música.
El olor a alcohol.
Y ese rostro…
Ese rostro.
—Tú… —susurró Mateo.
Javier sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Qué dices?
Mateo apretó los puños.
—Tú estabas ahí esa noche…
El silencio cayó como un golpe seco.
Doña Elena miró confundida.
—¿De qué hablan?
Mateo no apartó la mirada.