Caminó de un lado a otro, pasando la mano por su cabello con nerviosismo. Todo estaba perfectamente calculado… todo había salido exactamente como debía…
Hasta ahora.
—Si está vivo… —murmuró— entonces recuerda…
Y si recordaba…
Todo se acabaría.
Esa misma noche, en la casa de los Salazar, la felicidad parecía haber regresado… pero había algo que no encajaba.
Mateo no podía dormir.
Acostado en su antigua habitación, mirando las estrellas fluorescentes pegadas en el techo desde que era niño… sentía una inquietud que no lo dejaba en paz.
Algo… estaba mal.
Cerró los ojos.
Y entonces…
Un recuerdo lo golpeó.
No era completo. No era claro. Era como un relámpago en la oscuridad.
Un baño… música fuerte… luces de neón…
Y una voz.
—“Vas a hacer lo que te digo… o te vas a arrepentir.”
Mateo abrió los ojos de golpe, respirando con dificultad.
Esa voz…
La conocía.
Pero no podía recordar de quién era.
Se llevó las manos a la cabeza.
—¿Quién… quién eras…?
El dolor era intenso, punzante.
Pero no se detuvo.
Porque algo dentro de él… le gritaba que siguiera.
A la mañana siguiente, el ambiente en la mesa era extraño.
Doña Elena no dejaba de mirarlo, como si temiera que desapareciera en cualquier momento.
Don Ricardo estaba en silencio, más serio de lo normal.
—Mateo —dijo finalmente—. Hay algo que debes saber.