¿QUIÉN TE HIZO ESTO?”, PREGUNTÓ EL JEFE MÁS TEMIDO DE MÉXICO…

La primera vez que Mateo Arriaga vio el moretón en el rostro de Naomi Méndez, no preguntó si estaba bien.

Preguntó algo mucho más peligroso:

—¿Quién te hizo esto?

Naomi estaba de pie en la entrada trasera del Teatro Imperial de la Ciudad de México, con el cabello mojado por la lluvia, una carpeta apretada contra el pecho y una marca amarillenta extendiéndose debajo del pómulo izquierdo. Eran las 11:43 de la noche. La función de gala había terminado hacía casi una hora, pero dentro del teatro todavía quedaban hombres de traje, mujeres con joyas prestadas por patrocinadores y empleados recogiendo copas de champaña como si nada hubiera pasado.

Como si un hombre poderoso no acabara de empujar a una bailarina contra la pared de un camerino.

Como si nadie hubiera escuchado.

Como si el silencio fuera parte del uniforme.

Naomi levantó la mirada.

El hombre frente a ella era alto, vestido de negro, con un abrigo largo que no parecía tocar la lluvia. Tenía una calma extraña, casi insultante, de esas que solo poseen los hombres acostumbrados a que el mundo les abra paso antes de que pidan permiso.

Mateo Arriaga.

Ella conocía el nombre. Todos en la ciudad lo conocían.

Para los periódicos, Mateo era empresario: dueño de hoteles, bodegas, restaurantes y una fundación que financiaba becas para jóvenes artistas. Para quienes hablaban en voz baja, era el hombre que había heredado una red de poder oscuro en el centro del país y la estaba transformando sin soltar del todo los cuchillos. Nadie sabía dónde terminaban sus negocios limpios y dónde empezaban los que todavía olían a miedo.

Naomi debería haber retrocedido.

Pero estaba demasiado cansada para tener miedo de otro hombre.

—No es asunto suyo —respondió.

Mateo miró el moretón. Luego la carpeta contra su pecho. Luego la puerta metálica del teatro.

—Si ocurrió aquí, sí lo es.

Ella soltó una risa seca.

—Qué curioso. Todos los hombres poderosos dicen eso cuando creen que algo les pertenece.

Algo cruzó por los ojos de Mateo. No enojo. Sorpresa.

—Yo no dije que me perteneciera.

—Todavía.

Naomi dio un paso para rodearlo, pero él no se movió. No la tocó. Solo se quedó allí, bloqueando la lluvia y la salida con esa presencia que volvía pequeño el callejón.

—Dime tu nombre —pidió.

Naomi lo observó.

 Para obtener más información,continúa en la página siguiente