¿QUIÉN TE HIZO ESTO?”, PREGUNTÓ EL JEFE MÁS TEMIDO DE MÉXICO…

Había algo en él que le resultaba incómodo. No familiar, exactamente. Más bien como una canción escuchada en sueños, una nota que su cuerpo reconocía antes que su memoria.

—Naomi —dijo al fin—. Naomi Méndez.

Mateo se quedó inmóvil.

No visiblemente. Cualquier otra persona no lo habría notado. Pero Naomi no era cualquier persona. Había sobrevivido 3 años sin recordar su pasado, leyendo gestos mínimos para saber cuándo correr, cuándo callar, cuándo fingir que no escuchaba.

Vio el silencio atravesarlo como una navaja.

—¿Me conoce? —preguntó.

Mateo tardó demasiado en responder.

—No.

Fue la primera mentira que le dijo.

Y sería la que más le costaría.

Naomi bajó la vista a su carpeta. Dentro llevaba notas, fechas, nombres de bailarinas, cambios de elenco, amenazas disfrazadas de “consejos profesionales”, transferencias raras de becas y una lista de mujeres que se quedaban calladas cuando se mencionaba a Humberto Solórzano.

Humberto era el director artístico del Teatro Imperial, heredero de una de las familias más respetadas de México. Su apellido estaba en museos, escuelas de danza, premios culturales y placas de bronce. En televisión hablaba de arte, disciplina y excelencia. En los camerinos, las muchachas aprendían a no quedarse solas con él.

Naomi había empezado a trabajar allí 2 meses antes como asistente administrativa. No sabía por qué había aceptado ese empleo. Algo en los pasillos, en las carpetas de archivo, en los nombres de donantes, le provocaba una presión detrás de los ojos. Como si hubiera estado allí antes.

Pero no podía recordarlo.

Su vida empezaba oficialmente 3 años atrás, en una cama de hospital en Puebla, con el cuerpo lleno de golpes, un nombre incompleto y médicos diciéndole que había sobrevivido a un accidente carretero. Nadie reclamó su cuerpo. Nadie preguntó por ella. Nadie le explicó por qué cada madrugada despertaba a las 4:47 con el corazón desbocado y la sensación de haber perdido algo que no sabía nombrar.

Desde entonces, Naomi aprendió a reconstruirse con pedazos.

Un cuarto rentado. Un trabajo. Un cuaderno. Una rutina.

Y una rabia silenciosa ante todo hombre que usaba el poder como si fuera una llave maestra.

Mateo miró de nuevo su rostro.

—¿Solórzano?

Naomi no respondió.

Él entendió.

—Te voy a llevar a un médico.

—No.

—Entonces a tu casa.

—Tampoco.

Mateo inclinó apenas la cabeza.

—Eres muy terca para alguien que acaba de recibir un golpe.

—Y usted es muy mandón para alguien que dice no conocerme.

El aire entre ambos cambió.

Por primera vez, Mateo casi sonrió. No llegó a hacerlo. Pero estuvo cerca.

—Entonces dime qué necesitas.

Naomi iba a decir “nada”. Era su palabra favorita. La más segura. La que la mantenía lejos de deudas, favores y hombres que luego cobraban con intereses.

Pero la carpeta pesaba.

Su cara dolía.

Y dentro del teatro, Humberto Solórzano seguía siendo intocable.

—Necesito que alguien deje de protegerlo —dijo.

Mateo no preguntó a quién.

Solo dijo:

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