¿QUIÉN TE HIZO ESTO?”, PREGUNTÓ EL JEFE MÁS TEMIDO DE MÉXICO…

—Entonces empieza a escribir.

Al día siguiente, antes del amanecer, Mateo hizo 3 cosas.

La primera fue llamar a Julián Robles, investigador privado que llevaba 12 años encontrando verdades enterradas por dinero viejo.

—Naomi Méndez —ordenó—. Accidente en la autopista México-Puebla hace 3 años. Encuentra todo lo que el expediente oficial decidió no decir.

La segunda fue enviar 4 líneas a 3 miembros del patronato del Teatro Imperial:

Retiren protección. Congelen fondos discrecionales. Prepárense para exposición. No contacten a Humberto Solórzano.

Los 3 respondieron antes de las 7.

Entendido.

La tercera cosa no se la contó a nadie.

Pidió que su chofer se detuviera frente al edificio donde vivía Naomi, en la colonia Doctores. Se quedó 40 minutos dentro de la camioneta, mientras la ciudad despertaba alrededor: vendedores de tamales, motos, microbuses, lluvia fina golpeando el parabrisas.

No vigiló su puerta.

No esperó verla.

Solo necesitó estar en el mismo aire que la mujer que había enterrado en su memoria y que ahora había vuelto sin recordar que alguna vez lo amó.

Naomi no regresó al Teatro Imperial.

A las 8:03 de la mañana llamó a la oficina y renunció. La recepcionista dijo “entiendo” con un tono demasiado cansado, como si hubiera dicho esa misma palabra a otras mujeres.

Después Naomi abrió su cuaderno.

Llamó a bailarinas.

No a todas. Solo a las que miraban al piso de cierta manera. Las que no parecían asustadas, sino agotadas. Las que cargaban ese silencio particular de quienes dejaron de esperar que alguien preguntara.

3 contestaron.

3 hablaron.

Humberto Solórzano llevaba décadas haciéndolo.

Humillaciones públicas. Citas privadas. Manos que se quedaban demasiado tiempo bajo el pretexto de corregir postura. Becas retenidas. Papeles retirados. Rumores plantados. Mujeres castigadas por negarse y castigadas peor por hablar.

Naomi escuchó.

Transcribió todo.

A mediodía ya tenía un documento con fechas, testigos, lugares, patrones y coincidencias. Al anochecer, al mirar sus propias notas, sintió una extraña certeza en las manos.

Ella había hecho eso antes.

Estaba segura.

El martes siguiente presentó una queja formal ante el patronato.

3 hombres la recibieron en una sala con paredes de cristal.

Uno agradeció su valentía.

Otro dijo que las acusaciones eran graves.

El tercero la miró con la paciencia vacía de quien espera que una reunión termine.

—Estaremos en contacto —dijo el primero.

Naomi salió sabiendo que no harían nada.

2 cuadras después entró a una cafetería y encontró a Mateo Arriaga sentado en una esquina, como si la ciudad lo hubiera colocado ahí.

Café negro. Teléfono boca abajo. Abrigo sobre la silla.

Ella se detuvo en la entrada.

Él levantó la vista.

La probabilidad de coincidencia era cero, y ambos lo sabían.

Naomi cruzó el lugar y se sentó frente a él sin invitación.

—No está sorprendido de verme.

—No.

—¿Va a fingir que es casualidad?

—No.

Ella tomó la carta del menú.

—Entonces voy a necesitar café, porque tengo cosas que contarle y quiero estar despierta para todas.

Algo se movió en la comisura de su boca.

No fue una sonrisa.

Pero Naomi lo vio.

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