Una voz desconocida repetía dos palabras una y otra vez, como una advertencia: «Escándalo de ADN». Aquello generó una tensión palpable en toda la casa, como si las paredes contuvieran la respiración.
Me llamo Lara. Tengo veintinueve años y, durante meses, el vecindario me había estado observando con una mezcla de curiosidad y juicio, como suele suceder cuando una mujer joven se casa con un hombre de ochenta años.
Don Raúl Hernández vivía al lado antes de que yo alquilara mi pequeño apartamento. Era uno de esos hombres mayores a los que todo el mundo respetaba: de los que saludaban a la gente por su nombre, arreglaban las cerraduras rotas de los vecinos y se negaban a aceptar más que una taza de café como pago.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬