Me casé con un hombre ciego porque pensé que jamás vería mis cicatrices, pero en nuestra noche de bodas, me susurró un secreto que lo destruyó todo.-YILUX

“Porque si te lo decía antes, me habrías dejado sin escuchar el resto”, respondió, y esa serenidad suya, la misma que me había salvado tantas veces, de pronto me pareció insoportable.

Sentí que el aire del cuarto cambiaba de peso.
Como si las paredes se hubieran acercado.


Como si mi vestido blanco siguiera puesto y de repente me apretara el cuello.

“No solo recuperé parte de la vista”, dijo.
“También reconocí tu nombre cuando firmamos los papeles del registro.
Tu apellido me llevó a un lugar que yo creía enterrado”.

Lo miré sin entender.
Quería que siguiera hablando.
Quería taparme los oídos.
Quería despertar al mismo tiempo del mejor sueño y de la peor equivocación de mi v!da.

“Mi madre era dueña del edificio donde vivías”, dijo finalmente.
“La fuga de gas había sido reportada dos veces.
Ella decidió esperar porque reparar la instalación costaba demasiado”.

No respondí.
No porque no quisiera.
Porque el cuerpo, cuando recibe un golpe demasiado limpio, no siempre sabe caerse.
A veces se queda quieto, como si aún pudiera negociar.

Obinna tragó saliva.
Escuché ese sonido mínimo con una claridad insoportable.
“Encontré los documentos hace cuatro meses, cuando empecé a ordenar sus cosas tras su derrame”.

Mi mente volvió a aquella cocina.
La hornilla.
El olor metálico.
La ventana cerrada por la lluvia.
Mi mano buscando un interruptor, confiada, estúpidamente confiada.

“Tu madre lo sabía”, dije al fin, y mi voz no parecía mía.
Sonaba baja, casi educada.
Como hablan las personas cuando están a punto de romperse en silencio.

“Sí”, respondió.
“Sabía que el edificio era peligroso.
No provocó la explosión con sus manos, pero decidió no evitarla cuando todavía podía hacerlo”.

Caminé hacia atrás hasta que las piernas chocaron con la cama.
Me senté porque el mundo empezó a inclinarse.
Él dio un paso, pero levanté la mano.