Me dejó plantada en el altar… así que me casé con su hermano mayor, frío y poderoso. Y él nunca dejó de consentirme después. Las rosas blancas empezaban a marchitarse.

Se detuvo frente a ella.

—Señorita Herrera —dijo con voz baja y precisa—. Traigo un mensaje de mi hermano.

No.

Por favor, no.

—No va a venir.

Las palabras cayeron en el centro de la iglesia como una losa.

Alguien jadeó.

—Dios mío… —susurró una mujer.

Los murmullos explotaron.

Camila sintió que las piernas le fallaban.

Alejandro la sostuvo antes de que cayera.

No fue un gesto tierno.

Pero fue firme.

Imposible de resistir.

—Respira —le ordenó.

Y ella obedeció.

—¿Dónde está? —logró decir—. ¿A dónde fue?

—Eso ya no importa.

Ella lo miró con furia.

—¿Cómo que no importa? Estoy aquí, vestida de novia, frente a trescientas personas…

Algo cambió en él.

No fue calidez.

Fue algo más oscuro.

—Lo que importa —dijo— es que mi hermano es un cobarde. Y si sales de esta iglesia sola, hablarán de tu humillación durante años. Tu familia quedará marcada. Tu padre perderá a los últimos inversionistas. Tus hermanas cargarán con este escándalo cada vez que escuchen su apellido.

Cada palabra fue un golpe limpio.

Y lo peor era que tenía razón.

Camila pensó en su padre.

En su madre.

En sus hermanas.

Pensó en mañana.

En la vergüenza.

En las puertas cerrándose.

—A menos que… —dijo Alejandro.

Ella levantó la mirada.

—A menos que te cases conmigo.

El mundo dejó de tener sentido.

—¿Qué?

—Cásate conmigo. Ahora. Aquí. Cambia la historia. No serás la novia abandonada… sino la mujer elegida por el heredero de los Castillo.

—¿Por qué harías eso?

—Porque alguien tiene que actuar. Porque no permitiré que mi hermano destruya tu vida. Y porque con mi apellido… nadie volverá a compadecerte.

—Eso no responde por qué yo.

Por primera vez, dudó un segundo.

—Mis razones son mías.

—No es suficiente.

—Te estoy ofreciendo una salida. Tu familia conserva su honor. Las deudas de tu padre pasan a ser mías. Tus hermanas quedan protegidas. Y tú… —bajó la voz— dejas de ser la mujer abandonada y te conviertes en la señora de la casa Castillo.

Era demasiado.

Pero la alternativa era la ruina total.

—¿Qué pasará después? —susurró ella.

—Terminamos la ceremonia. Te vienes conmigo a la hacienda. Tendrás tu espacio, tu libertad… y mi respeto. No te exigiré nada que no quieras dar.

No era amor.

Pero era más honesto que todo lo que Julián le había dicho.

Camila miró a su familia.

Su madre lloraba.

Su padre estaba devastado.

Sus hermanas temblaban.

Apretó el ramo marchito.

—Sí —dijo.

Alejandro no sonrió.

Nunca sonreía.

—Padre Ignacio —dijo—. Continuemos.

La ceremonia fue como un sueño febril.

Los votos escritos para otro hombre.

—En la salud y en la enfermedad…

—En la alegría y en la tristeza…

Alejandro deslizó un anillo de oro blanco con zafiro.

—Era de mi madre.

Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, él besó su frente.

No fue pasión.

Fue una promesa silenciosa.

Horas después, Camila Herrera dejó de existir.

Ahora era Camila Castillo.