PARTE 2
Cuando desperté en terapia intensiva, pensé que lo peor ya había pasado. Me equivoqué.
Lo primero que vi fue el techo blanco, luego los tubos, después la cara cansada de una enfermera llamada Sara. Se acercó, miró hacia el pasillo como si temiera que alguien la escuchara y me puso una tableta en las manos.
—Necesitas ver esto, Jimena —me dijo en voz baja.
Era el registro de visitas.
Durante los siete días que estuve inconsciente, mi familia no apareció ni una sola vez. Ni mi mamá, ni Mariana, ni siquiera Rogelio. Pero había un nombre repetido cada noche, a la misma hora, con una puntualidad casi cruel: Julián Salvatierra.
La primera noche llegó a las 8:05 p. m. y se quedó más de tres horas de pie frente a la puerta de cristal, mirándome respirar. La segunda llevó una laptop, aunque casi no la abrió; se la pasó sentado, con los ojos clavados en mi cama. La tercera noche pidió entrar. Sara me contó que se sentó junto a mí y habló en voz tan baja que nadie entendió lo que decía.
—Cuando le pregunté qué parentesco tenía contigo —me dijo Sara— respondió: “Soy su padre”. Pero en tu expediente aparecía otro nombre.
Mi garganta seca apenas me dejó tragar saliva.
Sara siguió hablando. Al cuarto día mi situación empeoró. El derrame había desencadenado una complicación cardiaca y los médicos necesitaban operarme de urgencia. El costo de la cirugía y la terapia intensiva se disparó a casi dos millones ochocientos mil pesos. Llamaron a mi mamá, que estaba en un club de playa en Cancún.
—¿Y quién va a pagar eso? —preguntó, molesta por la interrupción.
Sara bajó la mirada antes de repetir lo demás.
—Dijo que mandaran la cuenta a tu domicilio, que tú eras buena “resolviendo ese tipo de cosas”. Firmó el consentimiento digital y colgó.
Sentí una vergüenza tan honda que casi me faltó el aire.
Pero eso no fue lo más fuerte.
Apenas veinte minutos después de esa llamada, el área de facturación recibió una transferencia por el monto total. No a plazos. No con seguro. Completa. El depósito salió de una firma privada que llevaba el nombre de Salvatierra Capital. La instrucción era clara: cubrir todos mis gastos y no revelar la identidad del donante.
En mi buró había un libro viejo de filosofía que yo jamás había visto. Dentro, doblada entre las primeras páginas, estaba una nota escrita a mano:
“Para mi hija. Ojalá algún día entiendas por qué me mantuve lejos.”
Sentí el estómago hacerse nudo.
En cuanto pude sostener la tableta, busqué el nombre en internet. Julián Salvatierra aparecía en portadas de revistas de negocios, foros empresariales, rankings de multimillonarios. Un inversionista conocido en México y Estados Unidos. Y entre los resultados encontré algo peor: su fundación había financiado la beca completa con la que yo estudié la universidad.
El lunes por la mañana, mi mamá apareció por fin en el hospital. Bronceada, descansada, con lentes caros y una bolsa nueva que seguramente también había salido de mi cuenta. En recepción le dijeron que la cuenta ya estaba pagada por un familiar.
Sara me contó que en cuanto vio el registro de visitas, a mi mamá se le fue el color de la cara.
Yo alcé la vista justo a tiempo para verla detenerse en seco en el pasillo, frente a un hombre alto, elegante, de cabello entrecano y ojos claros exactamente iguales a los míos.
Mi madre lo miró como si hubiera regresado un muerto.
Y cuando yo reuní fuerzas para preguntarle si Julián Salvatierra era mi verdadero padre, ella dejó caer el bolso al piso y entendí que toda mi vida estaba a segundos de romperse por completo.