PARTE 1
“Si de verdad te vas a morir, al menos no arruines la boda de tu hermana.”
No escuché esa frase directamente, pero la enfermera me juró después que mi mamá la dijo en voz baja, creyendo que yo no iba a despertar jamás.
Me llamo Jimena Villaseñor, tengo treinta y dos años y hasta hace tres semanas mi vida era una cuenta bancaria con piernas. Cada domingo, a las seis en punto de la tarde, sonaba mi celular y yo ya sabía que no era una llamada para preguntarme cómo estaba. Era mi madre, Leticia, repasando la lista de todo lo que, según ella, yo le debía a la familia.
—Mija, a tu papá se le descompuso la transmisión de la camioneta, son veintiocho mil pesos —me dijo el último domingo—. Y Mariana ya tiene apartado el florista, pero faltan sesenta y cinco mil. Ah, y la luz salió carísima este mes, échales otros ocho.
Yo ya les depositaba veinte mil pesos cada mes desde hacía años. Aun así, esa vez me estaba pidiendo más de cien mil de un solo golpe. Cuando le recordé que acababa de transferirles dinero la semana anterior, su voz cambió de inmediato.
—Tú no tienes hijos ni marido que mantener. Tu hermana está por empezar su vida y necesita apoyo. ¿O en qué te gastas tanto dinero?
Quise decirle que en mi renta en Santa Fe, en mis deudas universitarias, en mis medicamentos para la presión, en sobrevivir. Pero hice lo que siempre hacía: abrir la app del banco y decirle que al día siguiente le mandaba todo.
—Hoy mejor, para que no se retrase nada —respondió antes de colgarme.
Esa noche abrí la hoja de cálculo donde llevaba, casi por obsesión, el registro de cada peso que había enviado a mi casa desde los veinticinco años. El total me dejó helada: tres millones ochocientos setenta mil pesos. Casi un tercio de todo lo que había ganado después de impuestos en siete años. La mayoría se había ido en caprichos de Mariana: mensualidades del coche, tarjetas de crédito, bolsas de diseñador, tratamientos estéticos, depósitos para una boda que parecía más un negocio que una celebración.
Minutos después, Mariana me mandó la foto de un vestido de encaje importado.
“¿A poco no está divino? Mamá dice que tú me ayudas con los ciento veinte mil del vestido y con lo demás del fondo de la boda.”
Me quedé mirando la pantalla sin contestar. Luego llamó mi mamá otra vez, ahora para hablar del viaje a Cancún. Querían ir a ver un resort en la Riviera Maya donde Mariana soñaba casarse frente al mar. Como yo no podía acompañarlas por la salida a bolsa de la empresa donde trabajo, me dijo que lo mínimo que podía hacer era pagarles vuelos y hospedaje.
Acepté. Transferí ciento sesenta y cinco mil pesos y me quedé con menos de noventa mil en mi cuenta.
Esa noche me miré al espejo del baño de la oficina y volví a notar lo mismo de siempre: yo era alta, de ojos claros y pelo rubio oscuro; ellos, bajitos, morenos, de rasgos completamente distintos. A los dieciséis le pregunté a mi mamá por qué me veía tan diferente. Se puso tan furiosa que nunca volví a tocar el tema.
Después vino el correo de mi jefe, Simón Vera: la oferta pública se adelantaba. Empecé a trabajar jornadas de dieciocho horas entre auditorías, reportes y llamadas con inversionistas. Mi cardiólogo me había advertido que mi presión estaba demasiado alta para alguien de mi edad, pero yo sentía que no podía frenar.
La noche que todo pasó, el dolor en la cabeza era insoportable. Intenté alcanzar un vaso de agua, pero mis dedos no respondieron. Las cifras de la pantalla se deformaron y lo último que recuerdo fue el reloj de la computadora marcando las 11:52 p. m.
Caí sobre el escritorio. Los de seguridad me vieron por las cámaras y llamaron a la ambulancia. En el hospital lograron contactar a mi mamá hasta las 7:10 de la mañana. Llegó con mi papá, Rogelio, y con Mariana casi dos horas después. Se quedaron menos de cuarenta minutos.
A las siete de la noche, mientras los doctores intentaban evitar que el derrame me matara, mi familia ya iba camino al aeropuerto con las maletas que yo había pagado. Y como si eso no bastara, Mariana todavía subió una selfie sonriendo desde la sala de abordar con el texto: “¡Rumbo al Caribe a cumplir mi sueño!”
Yo aún no abría los ojos, pero algo mucho peor ya estaba acercándose a la puerta de mi cuarto.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…