—El pasado. Las viejas heridas. Lo que ocurrió entre nosotros.
El silencio se instaló en la habitación.
Luego añadió, casi para sí misma:
—A veces es más fácil vivir lejos que enfrentarse a los recuerdos.
Nos quedamos calladas durante un rato.
Finalmente dije:
—Pero tiene derecho a saberlo.
Doña Carmen me miró con una mezcla de esperanza y miedo.
—¿Crees que aún hay tiempo?
No supe qué responder.
Aquella noche bajé a la cocina.
Diego estaba sentado frente a la mesa con el portátil abierto. La luz de la pantalla iluminaba su rostro cansado.
Cuando me vio, cerró el ordenador lentamente.
—¿Está dormida? —preguntó.
—Sí.
Dudé un momento, pero al final dije:
—Hablamos de Mateo.
Su rostro se endureció.
—Eso no era asunto suyo.
—Quizá no. Pero ella lo espera.
Diego se pasó la mano por el cabello.
—Usted no entiende.
—Entonces explíqueme.
Guardó silencio unos segundos.
—Si Mateo viene… todo se complicará.
—¿En qué sentido?
—La casa. La herencia. Las viejas discusiones.
Negué con la cabeza.
—Ella no está pensando en dinero. Solo quiere ver a su hijo.
Diego me miró durante largo rato.
—¿Y usted? —preguntó finalmente—. ¿Vendría si estuviera en su lugar?
Pensé unos segundos.
—Si supiera que mi madre tiene pocos meses de vida… sí.
Diego no respondió.
Aquella noche no dormí bien.
Cerca de las dos de la madrugada escuché pasos suaves en el pasillo.
Salí de mi habitación.
Vi a doña Carmen caminando lentamente hacia las escaleras.
—Doña Carmen… ¿necesita algo?
Se detuvo y me miró.
Sus ojos parecían más cansados que nunca.
—A veces pienso… —susurró— que si bajo hasta la puerta… él podría estar allí.
—¿Mateo?
Asintió.
La ayudé a volver a la cama.
Antes de irme, dije:
—Tal vez debería escribirle.
Doña Carmen sonrió con tristeza.
—Ya no tengo fuerzas para escribir cartas.
Me senté junto a ella.
—Entonces díctemela.
Me miró sorprendida.
—¿Lo harías?
—Claro.
Guardó silencio unos segundos.
Luego empezó a hablar muy despacio.
Yo escribía cada palabra en mi portátil.
«Mateo, si lees estas líneas significa que el tiempo empieza a faltarme.
No te llamo para pedir explicaciones ni para pedir perdón.
Solo quiero verte una vez más».
Cuando terminé, tenía los ojos llenos de lágrimas.
Doña Carmen cerró los ojos.
—Envíala —susurró.
Busqué su dirección en sus antiguos contactos y envié el mensaje.
Pasó un día.
Luego otro.
No hubo respuesta.