Me quedé sin techo después del divorcio y acepté trabajar como cuidadora de una viuda que se estaba apagando.

El silencio de la casa parecía más pesado que antes.

Al tercer día por la mañana estaba leyéndole un libro cuando mi teléfono vibró.

Un correo nuevo.

De Mateo.

Sentí que el corazón me latía con fuerza mientras lo abría.

Solo había una frase.

«Llegaré mañana».

Levanté la vista hacia doña Carmen.

—Viene.

Ella frunció el ceño.

—¿Quién?

—Mateo.

Durante unos segundos no reaccionó.

Luego sus ojos se llenaron de una luz que no había visto antes.

—¿De verdad?

—Sí.

Esa tarde Diego llegó antes de lo habitual.

Le conté.

Durante un largo rato no dijo nada.

Finalmente suspiró.

—Está bien.

Al día siguiente, cerca del mediodía, escuchamos el sonido de un coche deteniéndose frente a la casa.

Doña Carmen ya estaba vestida y sentada en el borde de la cama.

Sus manos temblaban ligeramente.

—¿Crees que ha cambiado mucho? —preguntó.

—Probablemente un poco.

Entonces se escucharon pasos en la escalera.

Lentos.

Cautelosos.

La puerta se abrió.

En el umbral apareció un hombre de unos cincuenta años, con el cabello entrecano y los mismos ojos oscuros que ella.

Durante unos segundos nadie habló.

El hombre dio un paso adelante.

Su voz tembló apenas.

—Mamá…

Doña Carmen sonrió.

Una sonrisa pequeña, cansada… pero llena de alivio.

—Has venido.

Mateo se acercó lentamente y se sentó junto a la cama.

Yo salí de la habitación en silencio y cerré la puerta.

En el pasillo Diego estaba apoyado contra la pared.

Escuchábamos voces suaves al otro lado de la puerta.

Después de un momento dijo:

—Lo consiguió.

Negué con la cabeza.

—No fui yo.

—Entonces ¿quién?

Miré la puerta cerrada.

—El tiempo.

Desde la habitación llegaban murmullos tranquilos.

Y por primera vez desde que había llegado a aquella casa…

el silencio dejó de sentirse frío.