Sus extremidades eran delgadas, la piel tan pálida que se veían venitas bajo la superficie, y cuando hacía un sonido, no era la protesta fuerte de un bebé sano, sino algo frágil, algo tenso, algo que parecía pedir ayuda sin la fuerza para exigirla.
Lila le humedecía los labios con un paño mojado, con las manos temblando ligeramente.
“Por favor”, murmuró hacia él, con la voz quebrándose a pesar del esfuerzo por mantenerse tranquila. “Por favor, toma solo un poquito.”
Garrett sintió que algo se movía dentro de él, algo que no tenía nada que ver con el entrenamiento y sí con la silenciosa comprensión de que aquella niña llevaba demasiado tiempo intentando hacer algo que nadie le había enseñado a hacer.
“Hola”, dijo con suavidad. “Soy Garrett. Hiciste exactamente lo correcto al llamar.”
Ella alzó la mirada hacia él, con los ojos enrojecidos pero firmes.
“Está más pequeño”, dijo. “Cada día está más pequeño.”
Garrett asintió despacio, mientras su mirada recorría brevemente la habitación, donde había biberones vacíos cerca del fregadero, algunos llenos con líquido diluido, y un teléfono viejo descansaba cerca con un video tutorial pausado sobre cómo alimentar a bebés.
Una niña de siete años se había estado enseñando sola a cuidar a un bebé.
“¿Dónde está tu mamá?”, preguntó suavemente.
Lila miró hacia el pasillo.
“Está descansando”, dijo. “Trabaja de noche, y dijo que solo necesitaba dormir un poco.”
La mandíbula de Garrett se tensó levemente.
Dormir un poco.
Esa frase cargaba un peso que no estaba destinada a soportar.
La habitación al final del pasillo
Después de pedir apoyo médico, Garrett le pidió con suavidad al bebé, y Lila dudó un momento antes de transferir cuidadosamente a Mason a sus brazos, con una expresión seria que dejaba claro que estaba entregando algo más que un niño: estaba entregando responsabilidad.
Mason casi no pesaba nada.
Ese solo hecho bastó para empujar a Garrett a actuar.
Avanzó por el pasillo y abrió la puerta del dormitorio, donde una mujer yacía completamente vestida sobre la cama, con el rostro marcado por un agotamiento profundo y una respiración regular pero pesada, como si su cuerpo finalmente se hubiera apagado tras haber funcionado demasiado tiempo sin nada.
“Señora”, dijo Garrett con firmeza, tocándole el hombro. “Tiene que despertarse.”
Ella abrió los ojos lentamente, y la confusión se transformó en pánico al ver el uniforme.
“¿Qué pasa?”, preguntó, incorporándose demasiado rápido. “¿Dónde están mis hijos?”
“Su hija llamó pidiendo ayuda”, respondió Garrett. “Su bebé necesita atención médica, y lo estamos llevando ahora mismo.”
El color desapareció del rostro de la mujer.
“No, yo le di de comer”, dijo rápidamente, como si las palabras pudieran deshacer la realidad. “Dejé todo preparado, se lo juro.”
Garrett no discutió.
Ese no era el momento de juzgar.
Era el momento de moverse.