PARTE 1
—Esta casa ya no es de ustedes —dijo Gerardo, agitando unas llaves nuevas frente a la cara de mi papá.
Mi padre se quedó parado en la entrada, con una bolsa de mandado en una mano y la otra todavía sobre la manija de bronce de la puerta. Detrás de él, el mar de Bucerías golpeaba suave contra la playa, como si no entendiera que en esa mañana se estaba rompiendo una familia.
Mi mamá, doña Lupita, estaba en chanclas y suéter, llorando tan fuerte que apenas podía hablar cuando me marcó.
—Diego, vente ya… cambiaron las chapas. No nos dejan entrar a la casa.
Yo estaba en mi oficina en Guadalajara. No pregunté más. Tomé las llaves del coche y manejé como si cada minuto fuera una ofensa.
Ocho meses antes, yo les había entregado esa casa por su aniversario número cuarenta. No era una mansión exagerada, pero para ellos era un sueño: tres recámaras, una terraza amplia, vista al mar y una cocina donde mi mamá decía que por fin iba a preparar café sin estar pensando en recibos atrasados.
Mi papá, don Arturo, había trabajado treinta y ocho años como maestro de obra. Sus manos habían levantado casas donde otros vivían cómodos, mientras él regresaba cada noche a una vivienda pequeña, rentada, con humedad en las paredes. Mi mamá había estirado cada peso con una libreta donde anotaba hasta el precio del jitomate. Ellos nunca pidieron nada. Por eso quise darles algo que nadie pudiera quitarles.
Cuando llegué, vi sus maletas en el porche. Dos maletas viejas, una bolsa negra con ropa y una caja de medicinas de mi papá. Gerardo, mi cuñado, estaba parado como dueño, con camisa planchada y sonrisa de administrador de hotel. Detrás de él estaba mi hermana Mariana, pálida, evitando mirarme.
—¿Qué demonios hicieron? —pregunté.
Gerardo sacó una carpeta.
—No te pongas dramático. Tus papás ya están grandes. Esta casa genera mucho dinero si la metemos a renta vacacional. Nosotros solo estamos organizando las cosas.
—¿Nosotros? —miré a Mariana—. ¿Tú aceptaste esto?
Ella apretó los labios.
—Diego, entiende. Tú les dejaste una responsabilidad enorme. Impuestos, mantenimiento, seguridad…
—Todo eso está pagado —dije.
Gerardo soltó una risa seca.
—Eso dices tú. Pero alguien tenía que tomar el control.
Mi mamá lloró más fuerte. Mi papá solo miró hacia el mar, como si le diera vergüenza defender lo que yo le había regalado con amor.
Entonces Gerardo levantó las llaves y dijo algo que me heló la sangre:
—Si intentan entrar, llamo a la policía por invasión.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrirse en esa puerta…
PARTE 2
Le pedí a Gerardo las llaves. No se movió.
—No tienes autoridad para exigirme nada —dijo—. Mariana es tu hermana. Somos familia.
Esa palabra me dio asco en su boca. Familia no era poner a dos viejos en la calle con sus medicinas y sus suéteres. Familia no era convertir el descanso de mis padres en negocio.
—Muéstrame esa carpeta —le dije.
Gerardo me la entregó con soberbia, como si ahí estuviera la prueba de su inteligencia. Adentro había un contrato de renta vacacional, fotos impresas de la casa, una lista de precios por noche y un documento titulado “Representante autorizado del inmueble”. Lo había firmado él mismo.
—Esto no vale nada —dije.