PARTE 2
La Torre Escalante brillaba sobre Reforma como una advertencia. Durante años evité entrar por la puerta principal porque Andrés odiaba sentirse menos que mi familia. Me pidió discreción, humildad, silencio. Yo acepté esconder mi apellido para que su orgullo no se rompiera.
Qué ironía: al final, él mismo lo rompió todo.
Mi padre, don Aurelio Escalante, me esperaba en su oficina del piso 42. No dijo nada al verme la mejilla marcada. Solo apretó la mandíbula y miró mi mano vendada.
—¿Fue él? —preguntó.
—Sí.
No necesitó más.
En la mesa ya estaban los abogados, el director financiero y la jefa de auditoría. Sobre la pantalla aparecieron documentos que Andrés jamás se molestó en leer: hipotecas liquidadas por mi fideicomiso, préstamos personales pagados desde cuentas de mi familia, rescates financieros a su constructora y la compra silenciosa de la mansión donde su madre me trataba como arrimada.
—La residencia queda asegurada desde este momento —dijo la abogada—. Las tarjetas corporativas de Andrés Robles quedan canceladas. Las cuentas vinculadas a gastos no autorizados entran en revisión.
Mi celular comenzó a vibrar.
Andrés.
No contesté.
Luego otro número.
Después otro.
Finalmente, respondí.
—¿Qué hiciste, Mariana? —gritó—. Los guardias no dejan entrar a mi mamá. Mis tarjetas no pasan. Brenda está llorando porque le bloquearon su departamento. ¿Qué demonios hiciste?
—Lo mismo que tú —dije—. Tomé decisiones sin pedir permiso.
—Esa casa es de mi familia.
—No. Era deuda de tu familia. Yo la pagué.
Se quedó mudo.
—Tu papá dejó quebrada la constructora. Tu mamá hipotecó la casa para sostener apariencias. Tú firmaste créditos que no podías pagar. Yo puse el dinero, Andrés. Yo salvé el apellido que usabas para humillarme.
Del otro lado solo se escuchaba su respiración.
—Mariana, yo no sabía.
—No sabías porque nunca preguntaste. Era más cómodo creer que yo solo servía para servir café en tus reuniones.
Iba a colgar, pero entonces escuché a doña Mercedes gritar detrás de él:
—¡Dile que devuelva el collar!
Sonreí con tristeza.
—Todavía siguen con eso.
La abogada me hizo una seña. Había llegado un nuevo archivo. En la pantalla apareció una grabación del vestidor de doña Mercedes. Se veía mi silueta entrando la noche anterior. En mi mano llevaba el collar de esmeraldas.
Todos en la oficina se quedaron en silencio.
La jefa de auditoría bajó la voz.
—Mariana… esto puede complicarse si ellos lo presentan fuera de contexto.
Mi padre me miró, esperando una explicación.
Yo respiré profundo.
—No borren nada.
—¿Está segura? —preguntó la abogada.
—Completamente.
En ese momento entró otro reporte: transferencias a nombre de Brenda, pagos de cirugías estéticas cargados a la constructora, retiros en efectivo autorizados por doña Mercedes y contratos falsos con empresas de familiares.
La mentira del collar era solo la puerta de entrada.
Por la tarde, Andrés llamó otra vez. Esta vez ya no gritaba.
—Mariana… hay policías en la casa. Dicen que mi mamá tiene que declarar. Brenda también. ¿Qué está pasando?
Miré la ciudad desde el ventanal.
—Está pasando que por fin alguien abrió los cajones correctos.
—¿Y el collar? —susurró—. Dime la verdad. ¿Sí lo tomaste?
Apreté la venda de mi mano.
—Sí, Andrés. Lo tomé.
Hubo un silencio helado.
—Pero el problema —continué— es que nunca fue de tu madre.
Y antes de que pudiera preguntar más, colgué.