PARTE 2
A las 6 de la mañana, la cocina ya estaba impregnada de los aromas más deliciosos de la gastronomía mexicana. Elena llevaba horas trabajando sin descanso. Preparó chilaquiles verdes con pechuga de pollo, calentó pan dulce recién traído de la mejor panadería de Polanco, cortó fruta fresca con precisión, exprimió jugo de naranja natural y preparó, meticulosamente, el café exacto de Coatepec que Alejandro había exigido a golpes la noche anterior.
La inmensa mesa del comedor de madera de parota estaba servida. Sin embargo, los puestos preparados superaban por mucho a los 3 habitantes de la casa. Había platos de fina porcelana, copas de cristal relucientes, servilletas de lino y un espectacular arreglo de flores blancas en el centro. Todo lucía impecable. Demasiado hermoso. Parecía la escenografía cuidadosamente montada para una última cena antes de una ejecución.
Doña Margarita fue la primera en descender por las escaleras, envuelta en una costosa bata de seda marfil, luciendo su inseparable collar de perlas. Al ver la majestuosidad de la mesa, arqueó las cejas con evidente sorpresa. Luego, una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
“Vaya”, pronunció con tono burlón. “Parece que el dolor físico realmente es un excelente maestro”.
Elena, con el rostro inexpresivo, colocó la humeante jarra de café junto a la taza de la mujer mayor. “Buenos días, Margarita”, dijo secamente. El hecho de que omitiera la palabra suegra hizo que la mandíbula de Margarita se tensara, pero decidió no quejarse ante el festín.
Exactamente 10 minutos después, hizo su aparición Alejandro. Llevaba el cabello húmedo, una bata azul marino y esa insoportable sonrisa de hombre que está convencido de que el universo entero le pertenece. Se detuvo en el umbral del comedor, evaluando el banquete como si se tratara de un tributo.
Su mirada descendió hasta el rostro de Elena y se fijó en el evidente moretón morado. Su sonrisa se ensanchó aún más. “Así me gusta”, sentenció con arrogancia. “Parece que por fin aprendiste cuál es tu lugar”.
Doña Margarita soltó una risita bajita. “Te lo dije anoche, hijo mío. A ciertas mujeres simplemente hace falta aplicarles mano firme”.
Elena le sirvió el café a su esposo con movimientos lentos. Alejandro tomó asiento en la cabecera, exactamente el lugar donde ella necesitaba que estuviera.
“Si hubieras entendido esta dinámica desde el principio”, añadió Alejandro, “nuestro matrimonio habría sido infinitamente más fácil”.
“¿Más fácil para quién?”, preguntó Elena en voz baja.
La sonrisa de Alejandro desapareció. “Cuidado con ese tono”.
Justo en ese tenso instante, el timbre principal de la residencia resonó.
Alejandro frunció el ceño con irritación. “¿Acaso estás esperando a alguien?”.
“Sí”, respondió Elena.
Doña Margarita se enderezó en su silla. “¿A esta hora de la mañana?”.
“Son invitados especiales”.
Alejandro se recostó en la silla con burla. “Perfecto. Que entren. Que vean lo dócil y obediente que amaneciste”.
Elena caminó hacia el vestíbulo y abrió la puerta.
La Licenciada Valeria Montes entró primero, luciendo impecable en un traje sastre gris. Inmediatamente detrás de ella, entraron 2 oficiales de la policía estatal, uniformados y serios. A continuación apareció el señor Arturo Medina, ejecutivo bancario, portando un grueso maletín negro. A su lado caminaba Héctor, el contador personal de Alejandro, pálido como si no hubiera dormido en 48 horas. Finalmente entró Paola, la asistente ejecutiva de Alejandro, abrazando una carpeta contra su pecho y temblando.
Cuando Alejandro los vio entrar a su comedor, la sangre abandonó su rostro de golpe. “¿Qué demonios significa esto?”, gritó, empujando la silla hacia atrás.
Elena se hizo a un lado. “Es el desayuno que exigiste”.
Nadie se rio.
La abogada Valeria tomó asiento junto a Elena. Los 2 policías se mantuvieron de pie, bloqueando la salida. Arturo abrió su maletín. Héctor evitaba mirar a su jefe a toda costa. Paola tenía los ojos enrojecidos por el llanto.