PARTE 1
Elena recibió el golpe con un sonido seco que resonó en las paredes de mármol de la enorme cocina en Lomas de Chapultepec. Fue la bofetada número 2. La número 3 le reventó el labio inferior antes de que pudiera siquiera tragar la sangre que se acumulaba en su boca. Todo por un simple paquete de café.
Alejandro, su esposo, estaba parado frente a ella, con el pecho subiendo y bajando. No había arrepentimiento en su mirada, solo la furia ciega de un hombre acostumbrado a que el mundo, y especialmente su esposa, se doblegara a sus caprichos.
“Te pedí específicamente el café de Coatepec, Elena”, gruñó él, apretando los puños. “No esta basura de supermercado”.
A pocos pasos de distancia, sentada cómodamente en un banco de la isla de granito, estaba Doña Margarita. La madre de Alejandro removía su té de manzanilla con una lentitud exasperante. No hizo el menor intento de detener a su hijo. De hecho, su rostro reflejaba una fría y cruel aprobación.
“Una esposa que no puede seguir instrucciones básicas, luego falla en las cosas realmente importantes”, murmuró Doña Margarita, dándole un sorbo a su taza de porcelana. “Hiciste bien, Alejandro. Tiene que aprender”.
Alejandro dio un paso al frente, agarró la barbilla de Elena con tanta fuerza que sus dedos amenazaban con dejar marcas moradas, y la obligó a mirarlo a los ojos. “Cuando te hablo, me contestas”, siseó.
Elena lo miró fijamente, con una calma que lo descolocó por 1 segundo. “Era solo café”, respondió ella en voz baja.
El rostro de Alejandro se deformó por la ira. “Era una falta de respeto”. Y entonces, la bofetada número 4 aterrizó en la mejilla izquierda de Elena.
La cocina, que parecía sacada de la portada de una revista de arquitectura mexicana, con sus ventanales de piso a techo por donde se veía llover sobre el jardín, se convirtió en el escenario de una humillación silenciosa. Todo brillaba, pero el alma de Elena se rompía a pedazos.
“Mañana”, ordenó Alejandro, acercándose tanto que Elena pudo percibir el fuerte olor a tequila añejo en su aliento. “Quiero un desayuno decente esperándome en el comedor. Sin malas caras. Sin dramas absurdos. Y deja de comportarte como si fueras alguien indispensable. No eres más que una provinciana con suerte”.
Durante 3 largos años, Alejandro y Doña Margarita habían creído su propia mentira. Pensaban que Elena era una mujer indefensa que había tenido el golpe de suerte de casarse con un supuesto “gran empresario” de la capital. Se burlaban a sus espaldas de su ropa discreta, de su pequeño despacho en la colonia Roma, y de su obsesiva costumbre de mantener siempre bajo llave el estudio de la casa.
Jamás se preguntaron qué guardaba realmente en ese estudio. Jamás notaron que los altos ejecutivos del banco siempre la llamaban a ella primero. Y, por supuesto, su inmensa arrogancia les impidió leer con atención las escrituras de la mansión, donde el apellido de soltera de Elena figuraba como la única propietaria absoluta.
Esa misma noche, mientras Alejandro dormía profundamente tras celebrar su “autoridad”, Elena se plantó frente al espejo del baño principal. Un moretón oscuro ya comenzaba a formarse debajo de su pómulo izquierdo.
Abrió el cajón inferior del lavabo y sacó un pequeño dispositivo de grabación. Lo había escondido ahí 6 meses atrás, justo después de la primera vez que Alejandro le juró que un episodio violento no volvería a repetirse.
La pequeña luz roja del aparato seguía encendida. Cada insulto, cada amenaza, el sonido desgarrador de cada uno de los 4 golpes… todo estaba perfectamente grabado.
Tomó su celular con una frialdad que no sabía que aún poseía. Hizo exactamente 3 llamadas. La primera fue a su abogada. La segunda, a su contacto en el banco. La tercera, a la única mujer que Alejandro debía haber temido desde el principio. Nadie en esa casa podía imaginar lo que estaba a punto de suceder…